El curioso caso de Greta Thunberg o cómo nos preocupa más su figura que el cambio climático

Macarena Soto. Diciembre 2019. Madrid

<<Esta chica va a acabar mal>> <<¿Pero y sus padres dónde están?>> << No me gustaría que fuera mi hija>>  <<¿No es muy poca cosa para tener 16 años?>> <<A mis hijos les da miedo>> <<¿Es verdad que tiene asperger?>> <<Está patrocinada por un montón de empresas>>  <<¿Cómo aguanta estar rodeada de periodistas todo el rato?>> <<No va a durar mucho, de aquí a unos años nadie se acuerda de ella>>

 

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Llevo una semana sin parar de hablar de Greta Thunberg, hace tres días soñé con ella, hace dos fui a ver una obra de teatro donde le tiraban dardos a una foto suya. Me trae a la memoria los mejores días de Juego de Tronos, cuando, pasaras por donde pasaras, escuchabas un apellido de una de las dinastías. Nunca vi la serie, pero a Greta la tengo hasta en la sopa.

 

Efectivamente pareciera tener menos de 16 años, 12 con suerte. No está patrocinada (que se sepa) por ninguna empresa, de ningún tipo, ni de energías renovables, ni de ropa, ni de refrescos. Sus padres no se sabe muy bien dónde están, pero le acompaña un nutrido y discreto séquito de asesores. Quizá dé miedo porque habla con franqueza, sonríe menos que cualquier chica de su edad y sabemos que sufre un trastorno neurobiológico, que no entendemos y ahí radica nuestro miedo -y el odio de muchos-. No tiene edad para estar donde está, pero está porque no hay nadie a la altura de las circunstancias, y esto es lo que en realidad debería darnos miedo.

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I.

El pasado viernes la vi en persona por primera vez, convencida de que no sería la última. Llegó encerrada en una nube de fotógrafos. Cincuenta tipos altos y forzudos (la mayoría de fotógrafos de prensa responde a un canon estético parecido al de los moteros) captaban instantáneas de una niña escuálida, tímida, ataviada con una sencilla sudadera rosa con capucha. Ella miraba al suelo mientras le ponían un micro inalámbrico y a veces elevaba la cabeza para buscar una cara conocida entre los flashes. No la había.

 

Subió a un escenario sobrio, rodeada de otros tres jóvenes activistas, y se hizo el silencio. Los 420 periodistas que acudimos a su llamado antes de la marcha por el Clima, no queríamos perdernos ni una sílaba de su escueto discurso.

 

Unos minutos antes de su llegada, los trabajadores de la Casa Encendida de Madrid, que acogió la rueda de prensa, caminaban nerviosos entre los pasillos. Uno de los regidores comentaba por teléfono: “no nos hemos visto en una así en la vida”. Efectivamente, no nos hemos visto en una así en la vida.

 

Arrancó Greta tras una de las pocas preguntas concedidas a la prensa en una aparición de apenas 15 minutos, lamentando que las acciones que los jóvenes reclaman en todo el mundo hayan caído en saco roto en la agenda pública y política. “Claro que hemos conseguido cosas, pero no podemos cantar victoria”, asumía humilde esta niña, que con solo 16 años levanta millones de pasiones y de odios en todo el mundo.

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 II.

Martín Luther King tenía 34 años cuando pronunció el discurso que le valió la fama mundial (I have a dream) y marcó la historia de la lucha por los derechos civiles de la población negra estadounidense. King murió con 39 (un supremacista blanco lo mató). Mahatma Gandhi instauró la huelga de hambre como forma de protesta pacífica, solían durar entre 7 y 24 días. La primera fue en 1943. Murió asesinado por un ultraderechista cuando tenía 78, en 1948, 5 años y 17 huelgas de hambre después. Alejandro Magno murió con 32 años por causas no esclarecidas que incluyen un posible envenenamiento y una recaída de una malaria mal curada. Doce años antes, con 20, empezó a recabar el mandato de medio mundo: faraón de Egipto, rey de Macedonia, de Media y Persia y Hegemón de Grecia.

 

En verano de 2018, Greta Thunberg, a la edad de 15 años, empezó a sentarse, cada viernes, frente al parlamento sueco. Acompañada de una pancarta con la que urgía a convocar una huelga climática, pasó semanas sin levantar el más mínimo revuelo, hasta que alguien se sentó con ella y después otra persona y luego otra más. El resto ya lo sabemos, o deberíamos saberlo.

 

La revolución pacifista, feminista y ecologista que está liderando esta joven nos viene grande a todos los que no estábamos preparados para aceptar una nueva jugadora en este juego llamado capitalismo. No esperábamos que nadie viniera a salvarnos, que nadie viniera a juzgarnos. Que nadie, con la insolencia propia de una adolescente de 16 años, viniera a recriminarnos las verdades que ocultamos bajo el cubo de compartimentos para el reciclaje: que llevamos décadas consumiendo sin control, comiendo sin control, contaminando sin control, desplazándonos sin control, actuando sin control.

 

No esperábamos a Greta. No esperábamos que nadie viniera a interpelarnos. A decirnos lo que tenemos que hacer. Nosotros, adultos, formados, dueños de nuestro destino, de nuestras decisiones, de nuestras acciones. No queremos que nada ni nadie nos toque nuestro pedacito de privilegio que el capitalismo nos ha otorgado. El capitalismo, el principal causante del cambio climático, por si aún no nos ha quedado claro.

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III. 

Pero llegados a este punto, a diciembre de 2019, cuando en Madrid cerca de 200 países deciden cómo intercambiarse los bonos de carbono que podremos emitir a la atmósfera en los próximos años, el problema no es el cambio climático, el problema es que una niña de 16 años nos da miedo porque mira intensamente, porque no va al colegio, porque no va acompañada por sus padres, porque tiene un trastorno que hasta hace poco no sabíamos ni pronunciar, porque no está donde le corresponde.

 

El problema es que decenas de medios paran las rotativas porque se corre el bulo de que ha adelantado su viaje y va a personarse por sorpresa en IFEMA. El problema es que la prensa agota los billetes de un tren destartalado para ver si la chavala consigue conciliar el sueño entre Lisboa y Madrid. El problema es que la Cumbre del Clima se ha convertido en la Cumbre de Greta.

 

Y el problema es que mientras el océano y las especies marinas se quedan sin oxígeno (no en Papúa Nueva Guinea sino en el Mar Menor), nosotros miramos fijamente a Greta. El problema es que ya no queda una ciudad en el mundo donde no respiremos aire contaminado. El problema es que ya no hay pez que llevarnos a la boca que no esté sazonado con microplásticos. Pero nosotros seguimos mirando a Greta, porque no querríamos que fuera nuestra hija, porque en realidad no lo hace por el planeta, sino porque está comprada por grandes empresas.

 

No obstante, tampoco debería sorprenderme tanto. Por algo el capitalismo sigue impávido y reinante. Porque es un sistema perfecto para perpetuarse, para que cualquier modificación que pueda sufrir nos haga temblar de miedo, porque cualquier alternativa a él siempre será peor que el momento actual que vivimos. Y Greta y los cientos de miles de jóvenes que han entendido que no hay marcha atrás en el cambio climático, traen una obligada alternativa.

 

Tenemos dos opciones, ya que en el capitalismo siempre hay donde elegir. Podemos seguir viendo cómo Greta habla y se pasea por el mundo y echa la bronca a líderes mundiales y nos dejamos convencer por la sarta de mentiras sobre ella que pueblan Facebook. O podemos escuchar su hilo de voz e interiorizar sus palabras y ponernos a hacer algo por el planeta. Pero, sobre todo, sería maravilloso que pudiéramos dejar de tenerle miedo a una niña de 16 años y, mejor aún, que pudiéramos comportarnos como adultos y dejar de odiar a una niña de 16 años.