El Geppetto de Lisboa «Soy un operario que hace máquinas poéticas»

La librería Ler Devagar es la más visitada de Lisboa. Una antigua imprenta escondida bajo un puente que se ha convertido en un núcleo de la cultura alternativa forrado hasta el techo de libros. En las alturas del segundo piso habitan dos bicicletas voladoras y la mirada brillante de Pietro Proserpio, el Gepetto de Lisboa.

“El otro día me dijeron que no hay un libro sobre Lisboa que no tenga una fotografía sobre mi bicicleta”, explica. Lo dice así, como quien recuerda casualmente que esta mañana desayunó café y par de churros.

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Proserpio es consciente de que Ler Devagar y sus obras se han transformado en uno de los puntos imperdibles para quien visita la Lisboa más alternativa. Este Gepetto de la mecánica nació en Italia, pero se trasladó a Portugal con solo once años, cuando sus padres emigraron para dedicarse al textil. Continuó trabajando en el sector hasta 2003, cuando se jubiló y pasó a emplear casi todo su tiempo en transformar en poesía engranajes, correas y cables.

“Comencé a hacer estas cosas cerca de 1990”, cuenta. En una excursión al castillo del pueblo alentejano de Marvão descubrió una pieza eléctrica mientras miraba al suelo para no tropezarse. “La cogí, le pegué dos cables, lo enchufé y funcionó. Así que empecé a aumentar los trabajos poco a poco”, asegura.

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El otro día me dijeron que no hay un libro sobre Lisboa que no tenga una fotografía sobre mi bicicleta

Su primera gran obra fue reproducir para sus nietos aquel espectacular castillo. Pero la adolescencia dejó atrás los intereses de la infancia, resume Pietro con una sonrisa mitad burlona y mitad nostálgica. “De manera que estaba en casa aquel fuerte de guerra y mi mujer me dijo: “Pietro, no quiero guerra en casa”. Así que desmonté todo aquello y me quedé con un montón de piezas, engranajes, correas y no sé qué más”, narra.

Aquél amasijo mecánico empezó a transformarse en obras con historia, primero de madera, y luego completamente de metal. Desde una máquina del tiempo a un ciempiés enamorado. Lo mejor de su prolífica colección puede verse en el piso superior de Ler Devagar.

“Podríamos estar en 1995, más o menos. Un día estaba mirando un programa de televisión y vi que unos arquitectos estaban haciendo una feria de arte urbano en el Jardín de Estrela, en Lisboa. Así que cogí una de mis piezas, fui con ella bajo el brazo y me presenté allí. Pensaron que era interesante y lo expuse”, recuerda.

Aquella fue su primera muestra. Pocos meses después, empezó a exponer en el centro cultural Braço de Prata, junto a la EXPO. Aquel espacio fue uno de los más relevantes de la capital portuguesa, pero acabó por trasladarse al barrio de Alcântara, donde hoy se asienta el LX Factory, el principal exponente de la cultura urbana y alternativa de Lisboa.

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Mis piezas no tienen ninguna utilidad, y eso es muy importante porque cuando hacemos algo sin una utilidad concreta las personas están obligadas a pensar

La antigua imprenta donde Pietro expone desde 2009, era el lugar perfecto para colocar sus máquinas poéticas, rodeadas por aquella mole que vomitó periódicos durante años y a la que la crisis dejó famélica. Hubo un tiempo en el que iba todos los días de la semana a la librería para explicar sus obras a los curiosos, pero los domingos, asegura, comenzó a acudir tanto público que prefirió cerrar.

Ya cuenta con 80 años, hace 15 que se jubiló del sector textil, pero explica que aún está lejos de retirarse de sus máquinas. “Siempre estoy haciendo cosas, porque si no, nadie me aguantaría”. Ahora, con problemas en la vista, dice que trabaja más despacio y con estructuras más simples, pero no puede dejar de esculpir historias.

Sus máquinas “cinemáticas”, como él las llama, necesitan explicarse para comprenderse. Todas tienen una historia asociada que no se percibe a simple vista y todas despiertan la misma pregunta: ¿Y esto para qué sirve?

“Mis piezas no tienen ninguna utilidad, y eso es muy importante porque cuando hacemos algo sin una utilidad concreta las personas están obligadas a pensar: ¿Por qué este tío hace esto?”, argumenta.

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Los otros dos objetivos de sus obras, enumera, son hacer reír y devolver al público a la infancia. “Algo tan simple como eso”, apostilla mientras recorre con la mirada su colección de máquinas, a la que rodea una nube de turistas.

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Reportaje. Miguel Veríssimo | Foto. M. Giuarelli / M. Veríssimo