Jorge Moraga «Lo artístico y cultural de Semana Santa»

Entiendo muy poco sobre la Semana Santa. No soy devoto, místico, espiritual, capillita, santero ni supersticioso. No comulgo con sus creencias, sus planteamientos, sus divinidades ni sus ritos. Por eso, seguramente, puedo hacer una defensa de la Semana Santa sin que sus detractores se (me) rasguen las vestiduras. Y es que mi alegato no tiene nada que ver con la tradición religiosa, sino con lo que la envuelve y embellece.

Tiene que ver con el titilar de la luz de las velas, cirios y faroles alumbrando la oscuridad de las calles, creando sombras en los duros rostros tallados dramáticamente en la madera; tiene que ver con la textura límpida de las sobrias telas moradas, blancas y negras confundiéndose con el color de las flores al pie del paso. Y con el perfume de esas flores.

Se impregna también del olor de la cera pasando del estado líquido al sólido en el empedrado de la calle y con el aroma a incienso trepando hacia la noche que sabe a dulce horneado con canela y anís.

Suena a silencio roto por un aplauso que sostiene el peso de los costaleros a pulso, a redoble de tambores, a pistón de corneta arropada por un uniforme y a garganta de un balcón esquinado desde la que se lanza una saeta con aires de último aliento.

La Semana Santa de la que hablo se ve, se toca, se huele, se escucha y se siente en el estómago sin preguntarse por qué, de manera primaria, emocional, subjetiva, irracional y caliente. Valorando el esfuerzo y la ilusión de familias y amigos que una vez al año se organizan para ser una sola esencia que recorre su Casco Antiguo en procesión.

Intento defender así, honestamente, el componente artístico y cultural de esta tradición.

Pero claro, como les digo, yo de esto entiendo muy poco.   Jorge Moraga

 

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