José Vicente Moirón «Teatro desde las entrañas: potencia y elegancia en un escenario»

Los emigrantes tocan tierra firme, y desde el Quirinale los gritos engullen el tráfico romano. La chepa de Giulio Andreotti se estira desde tu tumba, Salvini hace inteligente a Berlusconi y a Bettino Craxi le han quitado su retrato del Senado. El Papa mira de reojo, a 1184 kilómetros del Vaticano rebosan los cuerpos salitrados muy cerca de una islita mediterránea. Mientras, las madres, al sur del Lazio siguen mandando desde la cocina, cocinan, a fuego lento, pasta e fagioli, cocinan y ordenan. Mandan coger limones para hacer licor, ejecutan con un chasquido de lengua el calendario a seguir. Un banquete de amantes amputados, barcos repletos de textos de Horacio, Ovidio y lanchas recogiendo obras de Shakespeare. Una aún no se ahogado, un paquebote que ha salido del puerto del Noctámbulo rescata a Tito Andrónico.

Nando López fiel a la versión, elegante y cercana a la mirada del espectador de este siglo, Antonio Castro Guijosa al mando del timón, rescatando un elenco potente de actores que nadan día a día entre olas de dramaturgias a precio de coste y tiburones de la industria. De entre ellos sobresale nuestro Tito, un tipo capaz de meterte en vena dosis de buen teatro desde el primer segundo. José Vicente Moirón. Su primera obra como actor Tito Andrónico, haciendo de Quirón, la última, la misma de Shakespeare pero al mando del papel con mayores aristas de la obra.

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Cuatro Titos Andrónicos han desfilado por la arena del Teatro romano de Mérida, cuatro puestas en escena arriesgadas y dotadas de un contexto social muy diverso. 1957, la versión de José Tamayo con Adolfo Marsillach, en 1983 el fabuloso destilado de Manuel Martínez Mediero, en 2009 la animalada de Animalario, con Alberto San Juan en traje de chaqueta y Andrés Lima tarantineando salvajemente la obra, y diez años después, el extremeño José Vicente Moirón engullendo una pura y poderosa  escenificación en este mundo artístico de contar historias sobre un escenario.

El escritor Leonardo Sciascia, pocos días antes de su muerte le entregó a su esposa, Maria Andrónico, un trocito de papel con la frase escrita a mano, explicándole que deseaba que dicha frase se escribiera sobre su tumba, pero rogándole al mismo tiempo que la aprendiese de memoria y que después quemase el papel… Nos acordaremos, de este planetaUna tumba desfile para sus enemigos mafiosos, un epitafio misterioso cincelado a muy pocas millas de Lampedusa. Una conexión sibilina entre el poder, la familia, la traición y el olvido. Ingredientes elementales para continuar esta marcha fúnebre real que supera cualquier obra de teatro. De momento nos acordaremos del Tito Andrónico, del maravilloso Jose Vicente Moirón de este planeta.

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Quién tengo delante, ¿A José Vicente Moirón o Tito Andrónico?

[Ríe]…estás ante José Vicente Moirón…yo dejo el personaje colgado en la burra del camerino cuando termino el ensayo. Me olvido, aunque siempre está muy presente en mí. Llevo mucho tiempo focalizado en este personaje, pero en el estudio del personaje, no en el texto de Tito Andrónico. En ese tiempo sí que me interesa saber dónde nace, dónde viene, qué mochila trae, qué le quiero aportar de nuevo al personaje, qué le tengo que dar con certeza…

…¿Tener que dar de manera obligatoria?

Tenemos que ser fiel a lo que ha escrito Shakespeare y sobre todo fiel al arco del personaje que representa Tito.

De Quirón a Tito Andrónico…un gran salto y círculo teatral que se cierra…

…[Ríe]…debuté profesionalmente con ese montaje, la primera vez que me pagaban por hacer teatro, estamos hablando de hace 33 años. En aquel momento yo me sometí a un rigurosísimo espectáculo que yo desconocía por la profesionalidad, con actores extremeños extraordinarios, y que tenían una trayectoria y experiencia que yo no tenía ni por asomo. Me encontré con una disciplina que no conocía, con mucha exigencia por parte de la dirección y producción y yo hice la mili en esa obra…[Ríe]…por entonces unos de los príncipes malos hijo de Tamora, que destroza a Lavinia y ahora ponerme delante de Tito me ha traído muchos miedos, porque tenía muchos recuerdos de aquel montaje. Por lo que significó aquel montaje y por la repercusión que tuvo. Pero asumir el personaje de Tito era cerrar una etapa…esperando que este no sea el final…[Ríe].

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33 años luchando, actuando, buscando, con muescas en tu cuerpo y alma…

…Un viaje de mi carrera, una trayectoria que reúne una de las profesiones más hermosas pero de las más complejas, sobre todo de mantener. Yo he pasado por todos los estadios, de estar en lo más alto, en el Centro Dramático Nacional o en las producciones con Siracusa, a estar en el paro más absoluto, en la miseria más absoluta. He tenido que reflotar mi empresa porque el teatro que me ofrecían no me gustaba o simplemente porque tenía que vomitar otro teatro que quería desarrollar y no me ofrecían. Y de toda esa trayectoria si tengo que destacar algo es por la permanencia y la consolidación de la compañía. Teatro del Noctámbulo solo estuvo inactiva tres años por mi trabajo en proyectos en Madrid pero la compañía ha sido el verdadero acicate para agarrarme al teatro de textos comprometidos que estoy seguro que no hubiese hecho con otras compañías.

Este Tito Andrónico tiene mucha carga de ese teatro comprometido al que haces mención…una obra con aristas críticas, con sabores sociales y cargado de contenido.

Es una obligación la que tenemos, no sólo los que nos dedicamos a la cultura o al arte en todas en sus disciplinas, es una obligación reflejar la sociedad de hoy en día, es la manera más elegante y más poética de hacer. Si nosotros nos quedamos solamente con lo brutal de las noticias fijaremos la mirada en ese momento exclusivo, pero los teatreros debemos mostrar esa realidad de una manera dura y directa, pero en clave de esperanza, buscando el trasfondo del teatro. Hasta el teatro menos político es irreverente y nosotros representamos obras ácidas y críticas, menos comerciales que adolece de grandes ventas pero tras ese teatro, está nuestro sello social y de trabajo dramatúrgico. No me apetece hacer otra cosa. Este Tito de Shakespeare trató mucho la lucha de poder y de la ambición que lleva a la decadencia política. Hoy estamos viendo continuamente a Shakespeare en las noticias, conflictos entre hermanos para arrebatar el poder. Ese es el conflicto de la obra.

Una obra del siglo XV, sobre el ocaso del Imperio romano e interpretada en pleno siglo XXI…una obra cargada de contemporaneidad pero fiel a la época del texto…de vigencia perenne…  

…No es una obra que hemos querido acercar a lo contemporáneo de manera directa, donde conviven gestos de finales del Imperio romano con una pistola del 2019, y sin embargo no existe ningún anacronismo. Queremos que el espectador ni entre en una época no salga de la otra…[Ríe] La obra transita por un espacio que debe ser reconocible por el espectador.

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Es una obligación la que tenemos, no sólo los que nos dedicamos a la cultura o al arte en todas en sus disciplinas, es una obligación reflejar la sociedad de hoy en día, es la manera más elegante y más poética de hacer

No existen Titos Andrónicos en la política actual, y sin hacer spoiler ¿Qué lo hace diferente?  

En el caso de Tito existe una característica irreductible y que es la idea del mal, uno de los temas principales de esta obra. No existen Titos Andrónicos como dices…[Ríe]…Tito se debe a la ley, es fiel a su pueblo y le otorga el poder al déspota, no sabe cómo han crecido Saturnino y Bassiano, ahí está su error, pero la idea del mal está vigente a lo largo de todos los siglos, Aarón, interpretado magníficamente por Guillermo Serrano, es el pergeñador de ese mal que nos hará reflexionar.

Dentro de esa crueldad, de lo volcánico del sus elementos, lejos de lo gore que puede resultar el final, ¿Qué detalles tiene esta obra que la hace diferente?

Nosotros no nos centramos en el canibalismo, en la dureza de las acciones, y no se trata de una obra inofensiva, es una obra de impacto, pero nosotros potenciamos el protagonismo de la poética y genialidad de la obra en sí. El texto asume todo el protagonismo, priorizando esa parte, donde el reparto de esta obra, con actores jóvenes pero muy preparados se apoderan de las palabras de Shakespeare como si fueran suyas. Perturbar la genialidad de esta obra con otros ingredientes carece de lógica. La obra es ambigua y misteriosa y eso la hace muy diferente.

El corazón se te acelera tanto que piensas que vas a morir, es un escenario sin igual, es un sitio único

 

De comer bifanas en Lisboa a poder pedirte un bocadillo de jamón, muchos años en la senda del Teatro del Noctámbulo…

[Ríe]…puede resultarte un tópico pero Leandro Rey y yo en Portugal pasamos mucha hambre, y es un claro ejemplo de cómo creció el Noctámbulo, de la nada, de lo más bajo, poco a poco, con muchas ilusiones y en un estado del que no éramos conscientes de lo que queríamos hacer. Sí teníamos claro lo que queríamos reflejar, pero no el camino para llegar. Leandro y yo teníamos un lenguaje común…y muy poco dinero…[Ríe]…pedimos prestado dinero a los amigos de aquí para mantenernos allí. Con el primer montaje no conseguimos lo que queríamos pero con el segundo sí, conseguimos con Pedro y el Capitán de Mario Benedetti, con la dirección de Paco Carrillo, el Premio Honra 1998 en el Festival Internacional de Teatro de Almada. Un verdadero espaldarazo para a pesar de no ver un duro seguir creyendo en nuestro trabajo teatral.

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Existe mucho trabajo previo para ponerte la máscara de Tito Andrónico, Áyax o Edipo Rey…cuéntanos lo que cuesta llegar ahí.

Hay mucho trabajo detrás. Además esta obra es larga, donde hay mucho texto, mucha acción, y eso exige muchos meses de trabajo sin descanso. Hay un estudio muy profundo del texto y del personaje, donde todos los días de ensayos se han optimizado al máximo para plantarnos en el escenario del romano en las mejores condiciones. Antonio Castro, premio Max este año, y con el que ya he trabajado en Contra la democracia ha currado día y noche para dirigir su primera obra en el Festival de Teatro de Mérida. Pero no sólo el director, el reparto, el equipo técnico y artístico se está dejando la piel. El tópico de llegar, ensayar un poco y representar la obra es un mito que carece de validez. Aquí no se ha escatimado en horas y esfuerzo.

Segundos antes de empezar la obra, y ya has actuado catorce  veces en el Festival de Teatro Clásico de Merida, ¿Qué es lo experimentas?

Yo le llamo el embudo…[Ríe]…cuando salgo por la valva regia y ves esa especie de embudo humano, el público que se hace más amplio conforme miras hacia arriba…el corazón se te acelera tanto que piensas que vas a morir, es un escenario sin igual, es un sitio único. Una vez que arrancas, que hablas y consigues poco a poco aclimatarte al espacio, a la luz, al espectador, al silencio, el actor comienza a emerger de una manera tan particular que la hace diferente a otros escenarios del mundo.

Los teatros públicos no pueden tener una programación en base al gusto del programador, tiene que ponerse en la piel del ciudadano y el ciudadano necesita un abanico plural, de la otra manera estamos aborregando al público

Tú te mueves por todos lados, mantienes relación con otras ciudades, otros países y muchos actores y gente del gremio, ¿Qué eco tiene este Festival de teatro clásico de Mérida fuera de nuestros límites?

Es uno de los festivales más importantes del mundo y su obligación es mantenerse, mantener la calidad obra tras obra y luego por otro lado hay que reconocer que este festival traspasa fronteras, se oye mucho en todos los circuitos culturales y yo como actor y extremeño me siento muy contento de que así sea.

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¿Cómo está la salud del teatro?

Está como un toro, todos tenemos  ganas hacer teatro, ganas de trabajar, con buenos proyectos, y la proliferación de nuevos espacios para el desarrollo teatral crea una competencia que te hace reciclar y buscar nuevas fórmulas para seguir creciendo. Las nuevas hornadas de actores y actrices vienen preparadísimos, la  gran pega es que no contamos con los medios necesarios para sacar todo ese trabajo. Los actores y todo el equipo que genera una obra de teatro deben de cobrar, y cobrar dignamente. La programación también anda un poco resfriada, yo entiendo que un empresario quiera tener su teatro lleno, dentro del mundo privado pueden hacer los que quieran pero los teatros públicos no pueden tener una programación en base al gusto del programador, tiene que ponerse en la piel del ciudadano y el ciudadano necesita un abanico plural, de la otra manera estamos aborregando al público. Tienen que generar la necesidad de que otros estilos convivan para ser sociales y plurales ante el espectador.

Entrevista. Willy López | Fotografía. Félix Méndez