María Dueñas «Una hermosa novela en el Litle Spain de Nueva York»

Rita Hayworth era Margarita Carmen Cansino. Nació en Nueva York. Estuvo casada, muy enamorada y maltratada por Orson Welles. Se casó con un príncipe pakistaní, con un actor argentino y tuvo tiempo para que su Alzheimer olvidase el primer y último marido en esa maratón matrimonial. Su vida fue una bofetada constante, la mano de Glen Ford como camafeo de su vida privada. Mito erótico con algo de femme fatale. Rita era hija de  Eduardo Cansino, un bailaor sevillano de Castilleja de la Cuesta, que supo estrujar el talento de su hija a base de golpes y espectáculos en la gran manzana. El padre de Rita fue uno de esos 30.000 emigrantes que fueron, a principios de siglo XX, a trazar una nueva vida en Nueva York. Una historia olvidada de españoles que se labraron la vida como conductores, albañiles, estibadores, cocineros, tabaqueros o comerciantes.

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Sitúense en la calle 14 entre la sétima y octava avenidas de Manhattan, desde ahí arrancan las historias personales de estos españoles que cruzaron el charco. Desde Christopher Street hasta la calle 23, a lo largo del río Hudson. Un callejero de pequeñas vidas que supieron hacerse fuerte. Restaurantes como La Bilbaína, tiendas de ropa como La Iberia, y casas de importación como la Casa Moneo abastecían a todos los españoles de la ciudad. La colonia también contaba con una de las iglesias de habla española más antiguas de Nueva York, Nuestra Señora de Guadalupe, que patrocinaba con El Centro Español la fiesta de Santiago Apóstol en la calle 14. No podemos olvidar La Nacional, la Sociedad Española de Socorros Mutuos, la casilla de salida de esos españoles que pisaban tierra norteamericana por primera vez.

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¿Para que contar la emigración de nuestros paisanos en los años 60 y 70 si ya hay películas como 1 franco, 14 pesetas que lo retratan magistralmente? Palabras de María Dueñas.

Emilio Arenas, el capitán, el luctuoso protagonista de las novela ejerce de piedra nostálgica en la última novela de la escritora de Puertollano. Sus tres hijas, el cemento definitivo para fijar su residencia en la jungla de asfalto. Estamos hablando de “Las hijas del capitán”. Una novela para resetear los seis millones de ejemplares desde “El tiempo entre costuras” y saborear tres historias de amor…sufrimiento y melancolía en pleno Nueva York.

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El Conde de Covadonga es uno de los culpables de esta novela. Xavier Cugat el que pone la banda sonora. Dueñas el ingenio para que los protagonistas de la novela se relacionen con ellos.

Para mí ha sido apasionante escribir esta novela porque el contexto realmente es cautivador. La historia de tanta gente que tuvo que salir de una España empobrecida y se asentaron con total dignidad en Nueva York.  

Más de 7 millones de habitantes pululando por la gran ciudad en los años 30. Cooperar para crecer, así eran los barrios temáticos internacionales

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Buscar la aventura colectiva como sustrato literario de la novela, y sobre ella construir la ficción de tres hermanas que se ven obligadas a emigrar.
 En principio estos españoles se fueron con la idea de volver pronto, trabajar a destajo y doblar en el trabajo para poder ganar dinero. Curiosamente supieron acomodarse en la ciudad dentro de sus posibilidades y ver que sus hijos podían tener unos estudios dignos, una casa digna, un futuro algo digno. Y la Guerra Civil además oscureció la vuelta a España. Nos faltaba una interpretación colectiva como país de todo aquello.

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Muchos de estos emigrantes llegaron de Cuba, otro salto para instalarse en una vida mejor. Otros fueron directos desde los puertos europeos en esos barcos cargados de sueño americano y vidas interrumpidas por un océano. El gran escritor y traductor Eduardo Lago escribía hace muchos años con motivo de una exposición de Jim Fernández;  La colonia: Un álbum fotográfico de inmigrantes españoles en Nueva York 1898-1945

Recuerdo el eco extraordinario que tuvo la exposición fotográfica que comisarió Jim en Nueva York hace un par de años. Una vez al otro lado del Atlántico, los pies de foto lo señalan, pusieron a sus hijos, americanos ya, pero sin dejar de ser españoles, nombres anglosajones. Tal vez sea ésta una historia condenada a quedar siempre a medio rescatar, a no ser que la literatura consiga darle la forma final que necesita. Otras comunidades ya lo han hecho, los judíos, de la mano de Henry Roth en Llámalo Sueño, los hispanos, de la mano de Oscar Hijuelos, cubano del Spanish Harlem, con Los reyes del mambo tocan canciones de amor.

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Tal vez, María Dueñas ya puso la primera piedra para rescatar nuestra memoria.

Willy López | Fotografía. Félix Méndez