Mueren en la carretera, tratando de pasar las fronteras, para evitar los obstáculos. Se pierden en el mar o en el límite cartográfico de la frontera, se ahogan en un mapa mudo pintado con soberbia, sangre seca de batallas y tinta podrida

Antonio Muñoz Molina escribe sobre esta esquizofrenia humana;  “Mirando lo que no se puede mirar” y comenta que la actitud de un testigo ante el espectáculo del horror que unos seres humanos pueden cometer contra otros la definió mejor que nadie Goya en el título de uno de sus Desastres de la guerra: “No se puede mirar”. No se puede mirar y al mismo tiempo no hay modo de apartar los ojos.

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Idomeni, un lugar que hace días ni conocíamos de su existencia, se convierte en ese espacio donde no se puede mirar y al mismo tiempo no hay manera de quitar la mirada. Desde allí, desde la isla griega de Lesbos, desde muchos puntos transfronterizos de Grecia, Chipre, Turquía o Macedonia, más de 4,5 millones de refugiados sirios según los cálculos de la ONU, sueñan con seguir soñando cada noche y gritan para escapar del incubo que supone ver sufrir a los niños que han traído a este mundo. Más de 250.000 ya no podrán hacerlo.

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Sebastiâo Salgado, escribía en su prólogo de Éxodos, que los refugiados y las personas desplazadas, a diferencia de los emigrantes, no sueñan con una vida diferente. Suelen ser gente corriente, civiles inocentes, en el lenguaje diplomático, campesinos, estudiantes o amas de casa que se ven obligados a compartir un mismo destino por culpa de la represión o de la guerra. De repente, además de perder sus hogares, sus trabajos e incluso a algunos de sus seres queridos se les despoja también de su identidad. Se convierten en gente que huye, caras que salen en televisión o en las fotos de prensa, números en un campo de refugiados, brazos extendidos esperando comida en colas. Es un contrato social cruel: a cambio de su supervivencia entregan la dignidad.

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Desde allí, desde esas fronteras repletas de refugiados, las noticias se reciben entre lágrimas. Las iniciativas son muchas y variadas para fatigar lo máximo posible la realidad de los desplazados, para entretener la dignidad  a la que hace mención el fotógrafo Sebastiâo Salgado, mientras se mantiene inerme el orgullo de los gerifaltes europeos.

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Atenaza la garganta de nuestros cuellos ver la imagen congelada, la estampa del horror que supone observar la impotencia de madres y padres en un limbo geográfico, de sentir en su desazón, el miedo que debe suponer abandonar un hogar bombardeado y de percibir un futuro con olor a metralla para sus hijos.

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Hace daño ver a esos hijos, los niños, los que siempre aparecen en las instantáneas de los fotoperiodistas, las que se pueden ver en las fotos de Mai Saki y Félix Méndez. Hace daño comprobar que en todos los conflictos bélicos, migraciones y éxodos humanos, los niños ocupan gran parte de este sufrimiento. Son los que abanderan el miedo, el frío, el llanto, la ausencia, el dolor, la sonrisa ingenua, las balas y alambrada de espinos en el cristalino de sus miradas, aquella a la que no se puede mirar y al mismo tiempo no hay modo de apartar los ojos.

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Jean Cocteau “Lo malo de nuestro tiempo no es la estupidez, pues siempre la ha habido; lo malo es que hoy la estupidez piensa”

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Fotos. Mai Saki y Félix Méndez |  Texto. Willy López