Pasa página: leer siempre

«El verbo leer no soporta el imperativo». Así arrancaba Daniel Pennac su ensayo «Como una novela», sintentizando, asépticamente y sin dramatismos, una realidad extrañamente impopular: la obligación ahuyenta al placer, y la lectura, si no es placentera, no es tal.

Puede que la impopularidad de este razonamiento provenga de que muchos de aquellos que deben transmitir éste hábito no lo tienen y, por lo tanto, no lo comprenden. Por eso, exposiciones como «Pasa página: una invitación a la lectura» —que podrán visitar en la Biblioteca Bartolomé J. Gallardo de Badajoz hasta el 25 de noviembre— tal vez empujen a algunas mentes, abotargadas por el imperativo académico, por la ladera de los libros, por donde ya rodarán el resto de sus vidas.

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El verbo leer se adverbia mal, añadiría yo: leer bastante, leer apenas, leer ayer, leer allí, leer precisamente. Diría, mejor, por alargar estos exordios que a mí tanto me divierten (me temo que a costa de tu paciencia, lector) que al adverbiarlo al tuntún se fuerza, como una cerradura que quisiéramos abrir con cualquier cosa. Sin embargo, todos tenemos un adverbio-llave que define nuestra relación con la lectura.

Por eso, por echar algo en falta en la exposición «Pasar Página: una invitación a la lectura», comisariada por el periodista y escritor Jesús Marchamalo, echo en falta un expositor de adverbios donde el visitante pueda encontrar el suyo. Todo lo demás, está: la gente del libro y sus oficios: libreros, editores y autores, por supuesto, pero también traductores, agentes, ilustradores, o lectores editoriales. Están los porcentajes y los números que ayudarán a más de uno a explicarse la precariedad en la que parece vivir todo aquel implicado en el proceso. Hay rarezas bellísimas como el zootropo, o las fotografías que Bruno Munari publicó en 1944, sentado él de cualquier manera sobre un sillón, desparramado más bien, con el objeto de hacernos reflexionar sobre los espacios de lectura. Hay una red de metro cuyas paradas son los clásicos de ayer y hoy, y que propone al visitante recorrer sus itinerarios —el amor, la rebeldía, la crítica social—, ampliarlos o transbordarse de uno a otro.

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Pero hay, sobre todo, una concepción de la lectura como algo gamberro, extraoficial, pero a la vez compartible y universal; como un lugar ideal para la subversión, pero también sembrado de plazas en las que sentarse a conversar con desconocidos que no nos son extraños; la lectura como una urgencia vital y como una conclusión forense; como una patología crónica y como un remedio milagroso; como un billete y como un tren; como un hotel y como un hogar. Pero nunca como unos cartones bajo un puente en una ciudad hostil en soledad. O tal vez también. Quién sabe.

Leer a medias. Ese podría ser el adverbio de su comisario, que me confesaba, horas antes de la inauguración, no tener tiempo para terminar ni siquiera los libros que más le gustaban. Tal es el ritmo de un crítico como Jesús Marchamalo, sin duda, el mejor conocedor de las bibliotecas de los escritores del siglo XXI; y, tal vez por eso, el que mejor sabe que hay infinitas formas de leer.

El mío, muy a mi pesar, es «poco». La estantería de lecturas pendientes como una gárgola de Notre-Damme, vigilando mis horas desaguadas, criticando mi agenda, la superficialidad de mis tareas en comparación con la trascendencia de sus historias. Me conformaría, lo prometo, con leer suficiente, aunque yo, cuando sea mayor, lo que quiero de verdad es leer despacio, porque connota calma y continuidad y, ¡ay!, cómo sería mi vida con ambas.

Por eso disfruté tanto visitando «Pasa página»: porque entre sus estanterías rodantes, repletas de libros —seleccionados y donados por 45 editoriales—; sus artefactos, sus rincones y sus tesoros, hallé trazas de la tranquilidad necesaria para afrontar la lectura como una actividad desacralizada; mágica, pero no por eso divina: para bajar el libro de los altares y colocarlo dentro de la panera, y alimentarnos así de él todos los días, en lugar de comulgarlo una vez por semana.

«Pasa página» es un tablero donde la lectura se convierte en un juego que nosotros y nosotras, niños y niñas, retomamos con la ferocidad y la dulzura con que leímos las primeras páginas de nuestra vida.

Quizá, ésa sea la invitación implícita en el título: pasa página, no tengas miedo en recorrer los caminos de tu edad, al revés o al derecho. Nosotros, tus libros, estaremos esperándote en cada bifurcación, por si te pierdes, siempre.

Leer siempre.

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Miguel Ángel Carmona del Barco