Cuentan que Sócrates, el jugador de futbol, salía al campo con un hondo olor a tabaco impregnado en su camisola. Su sudor era caipiriña, y sus botas, un número verdaderamente pequeño para su altura, un 37 para 192 centímetros, acumulaban gotas de alcohol, la fiebre etílica justa para mantener su clase con un balón de cuero en los pies. Sus compañeros relatan que solía leer a Hoobes y Gramsci en el vestuario antes de saltar al campo. También cuentan que sus hermanos, Sófocles y Sóstenes jugaban con Sócrates en el patio trasero a ritmo de samba, imitando los movimientos vertiginosos de una niña que triunfaba en el programa de televisión de Río “La Fiesta do Bolinha”. Socrátes se sacó la carrera de medicina pero antes probó suerte en la Fiore con decepcionantes resultados en su aventura italiana. Allí seguía bailando con compañeros de equipo, lambadas, salsa y música carioca. A su vuelta a casa, tras una visita a su humilde casa familiar de Belém de Pará, el jugador brasileño recorrió las habitaciones, sintió el aroma donde aprendió a jugar, donde pasaba las horas leyendo, donde soñaba con ser médico, donde tuvo sus primeros contactos con el sexo de pubertad, donde detrás de la puerta del armario seguía pegada con cuatro chinchetas, una foto de esa niña de 12 años que se hizo famosa como bailarina imitando como jugaban al fútbol sus amigos en la calle.

 

 

 

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