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Me despierta el ladrido de un perro al que llaman gato. Me gustan los perros, las calles y los gatos.

No estoy en mi casa, aquí nada me pertenece, es solo que tengo suerte y algunas veces, puedo dormir a su lado, otras veces no.

Estoy despierto pero tengo los ojos cerrados. No hago ruido. Me gusta más la ciudad pero en este campito destartalado me siento bien. Estar atrapado entre sofás de escay y platos de duralex tranquiliza, como cuando me cuidaba abuela Aurora - arrepoto pitipoto arrepoto pitipá el café y la tostá -.

Toso, me resisto a mirar la hora, saber que hora es significa dejar entrar la realidad sin anestesia. Decido seguir quedándome quieto. Intuyo la mujer que todavía duerme a mi lado, algunas veces, consigo acompasarme a su respiración y vuelvo a dormir, otras veces no.

Pero hoy no es el caso. Por fin abro los ojos y recibo a la luz en su condición amable de penumbra.  Entra una sombra débil entre la luz y la oscuridad, que no deja percibir dónde empieza la una o acaba la otra.

Aquí y ahora el ser y la esencia se dan la mano en espera a que lo íntimo pueda suceder. La intimidad implica tener el tiempo en tus manos, o al menos pareciera mitigar el efecto devastador del paso del tiempo.

Luz y tiempo, añade azar. Ingredientes indispensables con los que se forjan las fotografías que resisten. Materia prima necesaria como respirar. En este oficio, como en la vida, quién no entienda el azar no ha comprendido nada.

Deambulo por la casa sin más iluminación que las chiribitas provocadas al frotarme fuerte los ojos, hasta caer en la cuenta que hay un tipo dentro del espejo y que me mira con cara de conejo, no puedo evitar imaginarme con Alicia en su país.

El frescor de las primeras mañanas del otoño me seduce y conforta, parece aclarar mis pensamientos. Soy de esos a los que les cuesta arrancar, en realidad soy de esos a los que les cuesta casi todo.

Por instinto busco mi cámara, no me gusta andar lejos de ella, me siento vacío. Además nunca sabes cuando surgirá la foto y menos aún si resultará resolutiva. Recuerdo que leí en alguna parte que el azar es la resolución de lo imprevisto. Nada me sorprenderá sin mi cámara. Me agarro a la idea que mi mejor foto está aún por llegar.

Ah! está ahí tras ese libro de Fahrenheit, justo al lado del cenicero repleto de colillas. –Maldito fumeque, me tengo que quitá -. Y vuelvo a toser.

El café y el cine, negro, por supuesto. Y silencio, pero de ese que suena, ese que casi no te permite escuchar otra cosa que no sea a ti mismo, ese del que parecen estar hechas las canciones de Nick Cave. Algunas veces, consigo escuchar otra cosa que no sea a mi mismo, otras veces no.

Me esfuerzo en tomar contacto con la realidad y termino viendo las formas del humo contra la ventana. Lo veo pero no miro nada. Todavía no. Conozco bien la diferencia entre ver y mirar, porque la mirada va cargada de esfuerzo. Mirar es formar parte de las cosas. Algunas veces miro con los ojos bien abiertos, otras veces no.

Mirando aprendí a diferenciar casi todo tipo de sombras y a intuir colores. He visto niños llorar a color y reirse en blanco y negro y si te fijas bien y te alejas un poco, siempre hay más de lo que se ve. Mirando medité que no hay miradas que matan. Hago lo que soy porque pasé mucho tiempo de mi infancia mirando debajo de la cama. Soy lo que de niño deseé ser ¿en qué otro trabajo sería posible caminar con destino incierto, con una cámara en la mano disparando a mansalva y solo con la mirada y una moto por compañera?

Mi territorio es la calle, transito y palpito la ciudad hasta donde la tierra vence al asfalto donde la huella permanece, donde no pueda uno ser más que audaz sin llegar a ser temerario, donde la ciudad pierde su condición para reencarnarse en camino.

Todas las historias que conozco me la han contado los caminos, no los caminantes.

Algunas veces creo que se como hacer fotos que cuentan historias, otras veces no.

Devanarse los sesos es una de mis especialidades sin embargo, mientras, por fin el sol ha vencido a la luna en el campo de batalla. Ahora estoy listo para salir ahí afuera a descubrir historias para contaros. Os las contaré en monochrome porque el color dispone y el negro y blanco solo propone. Os mostraré aquello que sobreviva al punto de mira.

Me llaman Pako Pimienta y soy fotoperiodista de provincias.

Abro la puerta y ahora sí, la luz golpea con fuerza mi mirada.

Un día más con vida.

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