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Andaba ensimismado, cabizbajo, buscando consuelo de un arañazo al alma de esos que nosotros mismos nos hacemos tratando de vivir, sino con sentido, al menos con algo de dignidad y orgullo. Lo peor es descubrir que nada importa, que solo somos fruto de la casualidad.

Siempre me atrajeron las vías, desde niño, así que no creo que fuera casualidad que siguiera, abducido, los brillos y muecas que la noche de Lisboa deja en los raíles del eléctrico. Todo era oscuro y cuesta arriba, mis movimientos eran absurdos. Lo que si fue casualidad, ya que andaba huyendo y en la huida no cabe destino final, es que acabara ante las puertas de un local llamado disgraça. Muy apropiado pensé y entré a beber con la esperanza de poder cambiar algo de frustración por anhelo.

En principio, no presté mucha atención a los que me rodeaban, ni ellos a mí tampoco, me tomaron por otro turista más, otro de esos que aunque no quieran, interfieren molestando en el ritmo de la ciudad que habitan. Nadie se dio cuenta de mi miedo, ninguno supo que partí a la peor de las batallas, a la guerra contra mi mismo. Que no tengo hogar al que regresar, que solo soy un exiliado.

Busqué sitio para mimetizarme, lejos de los espejos cuya magia es profunda y peligrosa, porque pueden darte espacio para imaginar o, peor, mostrar la verdad de uno mismo. No sé el tiempo que pasé tratando de librarme del deseo, tratando de transcender.

La realidad está sobrevalorada, pensé.  No me dejaré caer en el falso consuelo de la resignación. Mis sentimientos serán ingobernables…Fuck off…!!!.

De repente , todas las mesas estaban llenas, de platos vacíos, de  botellas de cervezas, de vasos de vino, de conversaciones en muchos idiomas, de hombres y mujeres, de personas vivas. Hablaban de cuando no, significa no. De desobediencia femenina. Al contrario de Fonollosa, de la transmigración a otro cuerpo, a otra vida. De un más allá, ni aún siendo el paraíso. De otro existir. Y hablaban, como Fonollosa, de no dejarse absorber por cualquier divinidad. Hablaban de amor de sexo y de vida. Y los que hablaban, también eran exiliados como yo, pero de sus propios cuerpos.

Alguien tomó un micrófono y nos citó a todos a bailar al ritmo de sus propios ritmos, bajando las escaleras. Y me dejé transportar y como tras una transfusión, volví a la vida y tuve que mirar otra vez para contaros.

Pkp

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