Sala Mercantil «El sitio de nuestro recreo»

Solemos hacer memoria cuando al olvido le ponemos etiqueta de rescate. Desde la azotea del recuerdo nos vienen buenos momentos, ratos de farra y besos. Se suprimen como es lógico, las calabazas dadas, los bolos de relleno, los bailes zigzagueantes del alcohol y sus zarandeos metabólicos, las radiografías para abrir puertas y corazones de llaves perdidas, las colas incandescentes de baños de segunda división B, la guitarra repasada por calgonit, se pierden en los huecos perdidos de nuestra cabeza las noches de humo y blanco satén, reseteamos al chico que nos miró entre los acordes agonizantes de Antonio Vega, olvidamos a la chica que nos miró desde el sitio de nuestro recreo.

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El sitio de mi recreo. Y el de muchos. La Sala Mercantil más de 20 años siendo nuestra alacena musical donde pudimos divisar infinitos conciertos. Una referencia del panorama nacional y Fernando Utrera en el backstage de todos sus conciertos.

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La memoria, ese trozo puñetero de nuestra discografía, rescata las mejores canciones. El sillón que necesitaba Buddy Miles para actuar, tres veces en el escenario de la sala para repasar lo tocado con Jimi Hendrix. El local de ensayos de muchos, la toma de la alternativa de otros tantos, los que no conocen ni dios y años después venden millones de vinilos hasta con Itaca Discos cerrado. La cueva del blues, peones de la sala y músicos de Inlavables.

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En ese espacio la barra de bar se convierte en vertedero de amor que cantaba el Último de la fila. Esa era la frontera, la aduana para pasar el Tijuana de la ciudad y es que cuando ya no sirven las palabras, cuando se ha rajado la ilusión, nos emborrachamos con whisky barato, para ver si nos escuece el corazón, que gritaba Fito y los Fitipaldis.

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Muchos de los que subieron no están, se fueron, se esfumaron, ataques al perineo, al corazón, ataques de gota severos y ataques de heroína mal cortada. Sobredosis que nos dieron los mejores momentos de música del panorama extremeño.

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También dejaremos de ver a su equipo durante años, los que mantenían día a día la sala, birra tras birra desde el lado oeste de la barra. Porteros con paciencia por sangre, listos para abrir la manivela robada de un submarino de la Segunda Guerra Mundial, siempre nobles para desalojar con la mirada. Los que ponían guapo el escenario a base de focos, luces y sombras, blancos y negros para Félix Méndez, los que enchufaban el mejor equipo de sonido para disfrutar de grupos, bandas, solistas, poetas, cómicos,  monologuistas, cantantes, bailarines, guitarristas, vocalistas, saxofonistas, raperos, poperos, rockeras, metaleros, bluseros, jazzeros, salseros, trompetistas, rastafaris, pianistas, ventrílocuos, pinchadiscos, djs y la voz ronca de Utrera.

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Cada uno en su espacio de la sala, una reserva sin necesidad de cartel, respetada por todos y reconocible por todos. Los del fondo, los que no tenían piedad al estilo Elefantes, cerquita de la  máquina de 25 centavos, diana y futbolín-mesa. Los del medio, enjaretados y absorbidos por la gran campana, con vistas vip al palco. Los del principio, los que saludaban como un plebiscito de recepción de embajadores, los que no te dejaban llegar a tu destino en una hora, las primeras caras que sonreír. Los últimos que rozabas al salir del Mercantil.

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Último capítulo de la sala, y aquí la memoria es la de Borges; la memoria es individual, nosotros estamos hechos, en buena parte, de nuestra memoria. Esta memoria está hecha, en buena parte, de olvido. Las generaciones han spotifadeado la música, la parafina con la que se nutren los derechos de autor resbala hasta las tragaderas de la SGAE, una especie de parque Castelar con cocodrilos a cambio de patos. Cosas de negocios. Nos lamentamos cuando se pone el cartel de cerrado por defunción, cuando el cine proyecta su última película por falta de espectadores, cuando el concierto 3001 de la sala es el directo póstumo, ahí, solamente en ese momento, nos vienen los mejores hitos, esos que se guardan en el sitio de nuestro recreo.

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No quiero bailar tango, tampoco quiero bailar mambo, no toques más cha cha chás, que son un muermo total, Sigue así tocando el contrabajo porque me quiero divertir…Quiero bailar rock and roll…toda la noche hasta que salga el sol. Hasta siempre querido Mercantil.

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Willy López.  | Fotografía. Félix Méndez