Para componer la métrica de nuestro viaje hasta la poeta, nos acompañan un sierra santa y dos pueblos con nombres sacados de un western extremeño. Los versos de la radio que nos acompaña, que va dando saltos de dial, tienen rima de ruido blanco. Rimas asonantes para todo tipo de noticias, mientras cruzamos la línea que separan Cáceres y Badajoz, las pisamos con las ruedas del coche, y no necesitamos pasaporte, ni cambiar de dialecto, ni mucho menos, solicitar un visado, es lo maravilloso que tiene nuestro terruño. Dejarse acompasar y como única pena, la de no volver a sentir la dehesa, el ruido del campaneo por la mañana o el olvido de un ajetreo en fiestas de nuestro pueblo. Y de eso hablan las noticias, con la casualidad, de visita a una poeta, con el nombramiento del Premio Nobel de literatura a otra mujer, otra poeta, Anne Carson. De mujeres que rezuman arte, que retoman la sororidad con esfuerzo y firmeza, como las propias declaraciones de la reciente premiada; No soy una persona que se sienta cómoda hablando de sangre o de deseo. Uso muy poco la palabra mujer. Pero cosas como esas constituyen la naturaleza de lo que somos, supongo que tenemos que seguir estas señales en la lucha interminable contra el olvido. Irene acaba de dejar a sus alumnos dándole vueltas a un poema de Maya Angelou, los deja pensando, razonando, a nosotros nos atiende sin rodeos, con las aparente sencillez de una vida labrada desde lo más hondo de Extremadura, de los más sutil de un verso, de los más conmovedor de una estrofa, desde lo más punzante y vital de un poema.
De senectute
Cuando yo era muy niña
las viejas se peinaban como diosas.
Me gustaba acercarme y contemplar
el sencillo ritual de cada día:
las viejas, sentadas a la puerta,
esperaban tranquilas a sus hijas
que llegaban alegres, bulliciosas,
a deshacer el moño del día anterior.
Con la mirada absorta de la infancia,
observaba caer los escasos cabellos
sobre los hombros secos y la espalda abatida.
Las viejas elevaban hacia el cielo su rostro
con los ojos cerrados
y no podía yo quitar mis ojos
de la piel transparente de sus sienes,
de la azulada red de duras venas,
de los largos mechones apagados.
Así avanzaba otro día,
se tejían las trenzas con esmero,
se trataban asuntos de mujeres,
a veces susurrados,
a veces relatados con viveza,
mientras peinas y horquillas
flotaban en la blanca palangana.
Cuando yo era muy niña
las viejas iban siempre de negro
y vivían
cara al sol en silencio y con los ojos cerrados,
y se peinaban
como si fueran diosas.
Pero aquel elegante recogido que tanto me gustaba
acababa cubierto por un pañuelo negro,
un día más, oculto.
un día más, perfecto.
De “Ningún mensaje nuevo” Editorial Hiperión 2008
La poeta extremeña recorre su infancia en Navaconcejo, el descubrimiento de la literatura, su trayectoria como escritora y docente y la transformación de las mujeres rurales. Premio Adonáis de Poesía, mantiene intacta su relación con la tierra familiar, donde continúa cultivando cerezos y castaños. Una conversación sobre creación, educación, memoria y el protagonismo femenino en los pueblos de Extremadura.
En las zonas más altas del Valle del Jerte, por encima de Navaconcejo, las cerezas maduran algo más tarde. Allí, entre cerezos y castaños, pasó buena parte de su infancia Irene Sánchez Carrón, hija de agricultores y nieta de cabreros, acostumbrada a las largas temporadas en la montaña, cuando todavía no existían caminos por los que pudiera subir un coche hasta las parcelas familiares. Sus padres trabajaban la tierra mientras ella encontraba tiempo para leer los libros que conseguía prestados, primero aquellos de Los Cinco y Los Siete Secretos, que descubrió gracias a unas niñas de Madrid que veraneaban en su calle, y después los de autores bastante más complicados, a los que llegaba sin demasiadas indicaciones sobre su dificultad o conveniencia. La pequeña Irene no sabía entonces que terminaría escribiendo poesía, ganando premios literarios y convirtiéndose en profesora. Tampoco que aquellos paisajes, las experiencias familiares y los recuerdos de una infancia vinculada al campo acabarían encontrando su lugar, de una manera u otra, entre sus versos. Sus padres, conscientes de las dificultades que imponía aquella vida, tuvieron muy claro que sus hijos debían estudiar. La enviaron a una escuela hogar de Plasencia, donde descubrió que la educación podía abrirle posibilidades muy distintas a las que parecían reservadas para una niña nacida en una familia de agricultores.
Han pasado varias décadas desde entonces. Irene ha vivido en Londres, ha pasado dieciséis años en Badajoz, otros tantos en Cáceres, donde ha desarrollado su trayectoria docente y ha recibido reconocimientos literarios como el Premio Adonáis. Pero sigue regresando a Navaconcejo, donde conserva su casa, sus relaciones familiares y vecinales y las parcelas de cerezos y castaños que heredó de sus padres. Junto a su marido continúa ocupándose de ellas, participa en la cooperativa y conoce bien las exigencias de un trabajo que no ha dejado de formar parte de su vida. Durante nuestra conversación aparece esa Irene que escribe poemas, que enseña inglés a sus alumnos utilizando los versos de Maya Angelou, que disfruta de los clubes de lectura y que ha decidido darles otra vida a personajes femeninos de la literatura clásica. Una Penélope, por ejemplo, que después de veinte años no tiene demasiado interés en escuchar las aventuras de Ulises y decide abandonar Ítaca para emprender su propio viaje. También aparece una mujer que cuestiona la imagen idealizada del mundo rural, que recuerda el esfuerzo de las generaciones anteriores y que observa cómo las asociaciones de mujeres se han convertido en uno de los motores de la actividad cultural y social de muchos pueblos extremeños. Su propia madre fue una de aquellas mujeres que encontraron en la casa de cultura, los talleres y las actividades compartidas una manera de seguir aprendiendo y participando en la vida de Navaconcejo.
La conversación transcurre entre recuerdos, literatura, educación y experiencias personales. Irene habla con naturalidad de sus libros, de los largos periodos en los que no escribe, de las dificultades de la creación y de aquellas ocasiones en las que, después de recibir un premio, los periodistas le preguntaban cómo encontraba tiempo para escribir siendo madre, mientras a sus compañeros escritores les preguntaban directamente por su poesía. Y habla también del campo, de sus veranos recogiendo cerezas incluso después de comenzar a trabajar como profesora, de las mujeres que organizan actividades culturales en los pueblos del Valle del Jerte y de la importancia de no confundir la belleza de un paisaje con la dureza de la vida de quienes lo trabajan.
«La educación te puede salvar, te puede llevar a otra situación vital»
—Irene, vamos a comenzar por aquella niña de Navaconcejo. ¿Cómo era tu infancia, cómo era tu familia y qué recuerdos conservas de aquellos años?
—Yo nací en una familia de agricultores. Mis padres tenían cerezos y castaños y se dedicaban por completo a las tareas del campo. Mi padre provenía de una familia de cabreros y fue él quien decidió bajar al pueblo, porque ellos vivían en el monte. Yo creo que estoy aquí porque mi padre tomó aquella decisión. Él quería otra vida, una vida más social, porque era consciente de la dureza que suponía vivir en el monte. Decidió no dedicarse a la ganadería y trabajar en la agricultura, aunque nosotros teníamos las parcelas en la parte alta de la montaña. Cuando yo era pequeña todavía no había carreteras para llegar hasta allí. Mi padre, junto con otros agricultores, fue de los primeros que contrataron máquinas para abrir los caminos de tierra. Hasta que tuve unos diez años no teníamos coche y pasábamos temporadas enteras en aquellas parcelas.
—Y en medio de aquella vida agrícola, tus padres tuvieron muy claro que debías estudiar.
—Lo tenían clarísimo. Como pasábamos temporadas en la montaña y yo perdía clases, decidieron enviarme a una escuela hogar en Plasencia. Allí estudiábamos y vivíamos niñas que procedíamos de cortijos y de lugares rurales. Fue una experiencia fundamental para mí. Recuerdo especialmente a sor Antonia, que recibió hace poco un premio muy merecido, la medalla de Extremadura. Aquellas mujeres hicieron una labor impresionante. Nos inculcaron que, viniéramos de donde viniéramos, la educación podía hacer de nosotras lo que quisiéramos. A mí aquello se me quedó grabado y creo que por eso después he dedicado también mi vida a la enseñanza. Es algo que intento transmitir a mis alumnos: puedes venir de la familia que vengas, de la situación que vengas, incluso de circunstancias personales muy complicadas, pero la educación puede salvarte. Puede llevarte a otro estadio, a otra situación vital. Yo lo he vivido personalmente.
—Es interesante que, desde una familia dedicada por completo al campo, tus padres entendieran la educación como una oportunidad para construir otro futuro.
—Mis padres lo tenían muy claro. Si no hubieran tomado aquella decisión, seguramente mi vida habría sido muy diferente. Ellos conocían perfectamente la dureza del trabajo agrícola y querían que estudiáramos. Yo creo que aquella decisión y lo que después me inculcaron en la escuela hogar fueron fundamentales para mi desarrollo personal.
Los libros prestados y las interminables siestas del verano
—¿Cómo aparece la literatura en la vida de aquella niña que pasaba tanto tiempo en la montaña?
—A mí siempre me gustó muchísimo leer. Cuando nos íbamos a la sierra, llevaba una bolsa llena de libros. Entonces no había bibliotecas en los pueblos como las hay ahora y funcionaba mucho el préstamo entre particulares. Yo tenía amigas de mi madre, mujeres algo más jóvenes que ella que habían estudiado y tenían colecciones de libros, y me los dejaban. Podía coger lo que quisiera. Recuerdo especialmente aquella colección de Seix Barral en la que encontrabas a Henry James, Faulkner y otros autores que no eran precisamente lecturas fáciles para una adolescente. Yo los leía, aunque ahora reconozco que seguramente muchas cosas no las entendía. Pero algo quedaba de aquellas lecturas.
—Había una libertad absoluta para elegir libros, sin demasiadas recomendaciones sobre lo que correspondía leer a cada edad.
—Exactamente. No había filtros. Leías lo que caía en tus manos. Yo tengo muchísimo respeto por la literatura juvenil, pero creo que ahora los profesores tenemos cierto miedo a enfrentar a los alumnos con los clásicos. Como existe tanta competencia con el mundo digital, tememos que se aburran y buscamos lecturas que les resulten más fáciles. Mi experiencia fue completamente distinta. Leía sin pensar si aquello era adecuado para mi edad o si iba a comprenderlo todo. Y creo que aquella libertad fue muy importante.
—Hay una imagen muy bonita de tu infancia: aquellas niñas de Madrid que veraneaban en Navaconcejo y que terminaron compartiendo contigo sus libros.
—Sí, lo recuerdo perfectamente. Era una familia de Madrid que venía a pasar el verano y vivía en mi calle. Yo veía a aquellas niñas leyendo durante las siestas. En mi entorno no había nadie de mi edad que leyera de aquella manera y me llamaba mucho la atención. Ellas empezaron a prestarme sus libros. Cuando terminaban uno, me lo pasaban y yo me sentaba un poco más abajo a leer también. Eran aquellas siestas larguísimas en las que teníamos que estar en silencio hasta que llegaba la hora de irnos al río a bañarnos. Así empecé a leer Los Cinco, Los Siete y muchas otras cosas. Perdí la pista de aquella familia, porque dejaron de venir al pueblo, pero recuerdo muy bien lo importante que fue para mí.
—Aquellos veranos también tenían algo que ahora parece escasear: tiempo para aburrirse.
—Yo creo que estamos sobreestimulando muchísimo a los jóvenes. No les dejamos tiempo para aburrirse. Entre las pantallas, las actividades y todas las cosas que les organizamos, apenas tienen momentos de tranquilidad. Y muchas veces la creatividad, el deseo de leer o de hacer otras cosas nacen precisamente del aburrimiento. Necesitamos dejar que la mente esté tranquila, que no tenga siempre un estímulo delante. Yo lo viví así y creo que fue muy positivo.
De los primeros poemas al Premio Adonáis
—¿En qué momento aquella lectora comienza a convertirse en escritora? ¿Cuándo aparecen los primeros versos?
—Durante la universidad todavía no escribía poesía como tal, pero sí tenía cuadernos donde copiaba citas y fragmentos de los libros que leía. Siempre me ha gustado mucho escribir al hilo de mis lecturas. Empecé anotando reflexiones y textos que quizá podrían considerarse prosa poética, pero no eran todavía poemas. Después me fui a trabajar a Londres y, cuando regresé, aprobé las oposiciones y comencé a trabajar. Fue entonces cuando empecé también a estudiar Filología Hispánica y a escribir poesía de una manera más consciente.
—¿Y cuándo decides que aquellos poemas pueden salir del cuaderno y llegar a los lectores?
—Fue algo bastante curioso. Yo enseñé mis primeros poemas a mi marido, que es profesor de Lengua y Literatura, y él me dijo que estaban bien y que podía enviarlos a algún premio. Nosotros no conocíamos absolutamente nada de aquel mundo. Un día vimos en el periódico HOY que había un concurso literario en Valencia de Alcántara, el Premio Balbón. Reuní los pocos poemas que tenía, unos diez, y los envié. Y gané el premio. Me sorprendió muchísimo. Recuerdo que fui a Valencia de Alcántara y me trataron como si fuera una poeta, y yo me sentía un poco impostora porque pensaba que solamente había escrito aquellos diez poemas. Pero pasé un día precioso y aquello me animó a seguir escribiendo.
—Y después llegarían otros reconocimientos, entre ellos el Adonáis.
—Sí. A partir de aquel primer premio pensé que debía presentarme a concursos que también publicaran los libros. Después gané el Premio Hermanos Argensola, en Barbastro, y más adelante llegó el Adonáis. Yo sabía que era un premio importante, pero me sorprendió muchísimo la repercusión que tenía. De repente comenzaron las entrevistas, las invitaciones y todo lo que supone recibir un reconocimiento de esas características. Hasta entonces había vivido la escritura de una manera muy personal y aquello fue una experiencia nueva.
—¿Cómo convive Irene Sánchez Carrón con la escritura? ¿Eres una poeta disciplinada o necesitas que aparezca el momento adecuado?
—Yo escribo poco y tengo parones muy largos. Puedo pasar meses sin escribir nada y después tener una temporada en la que escribo más. A veces voy haciendo poemas sueltos, a partir de cosas que me impresionan, que me remueven o que me interesan. Son como fogonazos y luego me cuesta encontrar el hilo que permita construir un libro. Creo que ahora las publicaciones marcan mucho el ritmo de los escritores, como si hubiera que estar publicando continuamente. Yo nunca he querido dedicarme exclusivamente a la literatura. Me gusta mi trabajo como docente y estoy contenta con esa convivencia entre la enseñanza y la escritura. Entiendo perfectamente a quienes desean dedicar todo su tiempo a crear, pero en mi caso no lo he planteado así.
—¿Y hacia dónde se dirige tu poesía actualmente?
—Estoy escribiendo algunos poemas que creo que tienen una dirección un poco más social, relacionados con nuestra pertenencia a una sociedad y con las cosas que intentamos conseguir dentro de ella. Todavía estoy trabajando en ellos y no puedo decir mucho más. Y luego hay algo que siempre aparece en mis libros: la poesía amorosa. Me encanta escribir poemas de amor, aunque me parece dificilísimo porque tenemos grandísimos autores y autoras que han escrito sobre ello. Pero siempre hay una parte de poesía amorosa en lo que hago.
«Me preguntaban cómo encontraba tiempo para escribir siendo madre, mientras a los hombres les preguntaban por su poesía»
—Hablamos de tu trayectoria como escritora, pero también de una mujer que ha tenido que abrirse camino en un mundo literario donde históricamente han predominado los hombres. ¿Has notado alguna diferencia de trato?
—Sí, y bastante. Recuerdo que, sobre todo al principio, cuando gané el Adonáis, participaba en mesas con otros escritores de mi edad que también tenían hijos. A ellos les preguntaban por sus poemas, por sus libros y por su manera de escribir. A mí me preguntaban cómo encontraba tiempo para escribir siendo madre. Y aquello me fastidiaba muchísimo, porque parecía que no interesaba tanto mi poesía como el hecho de que fuera una mujer que escribía y que además tenía hijos. A los demás no les preguntaban cómo conciliaban su paternidad con la literatura.
—También has contado que alguna vez te han preguntado si escribes como una mujer.
—Sí, muchas veces. Y yo siempre respondo lo mismo: claro que escribo como una mujer, porque soy una mujer. Todo lo que hago lo hago como una mujer. Es una pregunta que difícilmente le harían a un hombre. Nadie pregunta a un escritor si escribe como un hombre. Son cuestiones que todavía aparecen y que demuestran que seguimos teniendo determinadas ideas sobre quién escribe y desde dónde lo hace.
— Hoy, precisamente, más que nuca con el Nobel de Literatura a la poeta Anne Carson ¿Crees que esas diferencias también han condicionado el reconocimiento de las escritoras dentro de la historia de la literatura?
—El canon literario que hemos estudiado durante muchísimo tiempo está construido fundamentalmente por hombres. Basta con mirar los libros de texto y comprobar cuántas escritoras aparecen. Eso está cambiando, pero todavía queda mucho trabajo. Y no sucede solamente en la literatura. Lo vemos también en los puestos de responsabilidad y en muchos otros ámbitos. Hay personas que consideran que la igualdad ya está conseguida, pero las cifras sobre el reparto de los cuidados o la presencia de mujeres en determinados cargos siguen mostrando diferencias.
—En tu poesía también hay una revisión de determinados personajes femeninos que hemos heredado de la tradición literaria.
—Sí. Me gusta mucho reinterpretar personajes femeninos que han dejado una huella importante en nuestra manera de pensar. Por ejemplo, en Micrografías hay un poema titulado Penélope se despide de Ítaca. Yo imagino a una Penélope que, después de veinte años, ve regresar a Ulises y se encuentra con un hombre que no deja de contarle sus aventuras y sus batallitas. Pero resulta que ella tampoco ha estado precisamente esperando durante todo ese tiempo. Ha tenido su vida, sus amantes, sus fiestas. Y ahora se encuentra con aquel hombre que vuelve y pretende contarle todo lo que ha vivido. Entonces decide marcharse. Es Penélope quien abandona Ítaca y emprende su propio viaje.
—Le das la vuelta a uno de los grandes personajes femeninos de la literatura clásica.
—Sí, y también lo hago con los cuentos tradicionales. Tengo otro poema, Final del cuento, en el que una mujer transforma a una rana en príncipe y después descubre que, en el fondo, sigue siendo una rana. Lo había idealizado completamente, pero sigue croando cuando pasa junto a las charcas. Me interesan mucho esas historias que nos han transmitido determinados modelos femeninos. Yo respeto profundamente los cuentos tradicionales porque son hijos de su época. Lo que me preocupa es que sigamos escribiendo hoy historias que reproducen exactamente los mismos modelos. Recuerdo que fui al cine con mi hija a ver Crepúsculo y salí bastante enfadada porque seguía apareciendo ese héroe que salva a la chica, incluso que es capaz de leerle el pensamiento. Estamos hablando de una historia escrita en el siglo XXI.
La poesía también entra en las aulas
—La enseñanza ocupa una parte fundamental de tu vida. ¿Cómo consigues acercar la literatura y la poesía a tus alumnos?
—Yo soy profesora de inglés y en nuestra asignatura la literatura tiene un peso relativamente pequeño, porque dedicamos mucho tiempo a enseñar a hablar y escribir en inglés. Pero siempre intento introducirla cuando encuentro una oportunidad. Ahora, por ejemplo, estamos trabajando con alumnos de cuarto de ESO una técnica de pronunciación que se llama shadowing, que también utilizan los actores, y lo estamos haciendo con un poema de Maya Angelou titulado Y aun así me levanto. Es un poema maravilloso.
—Y además es un poema con una importante carga reivindicativa.
—Muchísima. Maya Angelou fue una escritora afroamericana muy activa en la defensa de los derechos civiles y en ese poema reivindica su identidad, su cuerpo y su manera de ser. Hay una primera parte en la que muestra con mucho orgullo quién es, cómo baila, cómo se mueve, y pregunta si eso molesta. Pero después el poema adquiere una profundidad tremenda cuando habla de levantarse desde la vergüenza de la historia. Es un final sobrecogedor. Me parece una manera maravillosa de trabajar la pronunciación y, al mismo tiempo, acercar a los alumnos a una poesía que tiene mucho que decir sobre la sociedad.
—También participas en clubes de lectura. ¿Qué importancia tienen estos espacios de encuentro alrededor de los libros?
—En el instituto donde trabajo tenemos dos clubes de lectura. Uno se llama Comer y leer, porque leemos un libro y después nos reunimos en un restaurante para comentarlo. El otro se llama El buen lugar, por el título de un libro de Basilio Sánchez. Fue una iniciativa de Marisa, una compañera profesora de Lengua y Literatura, y tuvimos la suerte de que Basilio viniera a inaugurar el club. Son experiencias muy bonitas porque permiten compartir las lecturas y conversar sobre ellas. Y hay algo curioso: la mayoría de quienes participan son mujeres. En El buen lugar, de momento, solamente tenemos un hombre.
«No podemos idealizar el mundo rural. La gente que vive allí también quiere evolucionar»
—Volvamos a Navaconcejo. Después de vivir en Londres, de pasar dieciséis años en Badajoz y de desarrollar tu trayectoria como profesora y poeta, sigues manteniendo una relación muy directa con la tierra.
—Nunca me he desconectado de Navaconcejo. Mis padres fallecieron y yo heredé mi parte de cerezos y castaños, y la llevamos mi marido y yo. Soy socia de la cooperativa del campo y seguimos ocupándonos de las parcelas. Ahora, por ejemplo, tenemos las castañas, y en verano las cerezas, que en nuestra finca maduran más tarde porque está bastante alta. También conservo mi casa en el pueblo y voy muchísimo. Para mí Navaconcejo son mis raíces. Nunca he dejado de ir, de mantener el contacto con mis vecinos y con la gente de allí.
—Incluso cuando ya trabajabas como profesora seguías participando en las campañas de recogida de cerezas.
—Sí. Cuando terminaban las clases, me iba con mi hermano a recoger cerezas durante el mes de julio. Ya trabajaba como profesora, pero quería ayudarlo porque sabía perfectamente lo duro que era aquel trabajo. Lo había vivido desde pequeña y conocía las dificultades. Nunca he perdido esa relación con el campo.
—En tu poesía aparece el paisaje rural, pero también una mirada que se aleja de esa imagen idealizada de los pueblos que a veces construimos desde las ciudades.
—Es algo que me interesa mucho. Creo que desde las ciudades existe a veces una visión demasiado idealizada del mundo rural, como si fuera un espacio que hay que conservar exactamente como está, un refugio donde todo es maravilloso. Pero la gente que vive allí también quiere evolucionar, quiere mejorar sus condiciones de vida. Por supuesto que hay que respetar el entorno, pero no podemos olvidar que la vida rural ha sido muy dura y que todavía tiene muchas dificultades. A veces imaginamos un paseo precioso entre castañares, pero en esos mismos castañares han sucedido cosas muy duras. Me parece que películas como As bestas han sabido mostrar muy bien algunos de los conflictos que existen actualmente en las zonas rurales.
—¿Hasta qué punto esos recuerdos de infancia y esa relación con el territorio aparecen de manera consciente en tu escritura?
—Yo creo que no es algo que te propongas. Los recuerdos afloran. A veces empiezas a escribir un poema con una intención determinada y el propio texto te va llevando hacia lugares que no habías previsto. Aparecen recuerdos que estaban ahí, quizá enterrados, y que surgen de pronto. No me siento a escribir pensando que voy a recuperar mi infancia o que voy a hablar de Navaconcejo. Simplemente aparece. Es como agua subterránea que está ahí y termina saliendo.
Las mujeres que mantienen viva la actividad cultural de los pueblos
—Has vivido la transformación de Navaconcejo durante varias décadas. ¿Cómo ves hoy a las mujeres de tu pueblo y del Valle del Jerte?
—Yo veo muchísima actividad por parte de las mujeres. En Navaconcejo tenemos una asociación de mujeres muy activa y una alcaldesa con mucha iniciativa. Mi madre, por ejemplo, creía muchísimo en la asociación de mujeres. Participó durante años en todas las actividades que se organizaban en la casa de cultura. Se apuntaba a talleres de informática, de inglés, de manualidades, a todo lo que podía. Me llamaba por teléfono y me contaba que estaba preparando una actividad, que ahora tocaba otra cosa, que estaban organizando algo para Semana Santa… Era una mujer que participaba muchísimo en la vida del pueblo y que encontraba allí todo ese espacio de actividad y relación social.
—Es interesante esa figura de tu madre, una mujer que había dedicado su vida al campo y que también encontró en la cultura una manera de seguir aprendiendo.
—Sí, y además ella no necesitaba salir del pueblo para tener esa actividad. Encontraba allí sus espacios y sus relaciones. Creo que ahora hay muchísimas mujeres que hacen lo mismo. En el Valle del Jerte existe mucha conexión entre las asociaciones de los distintos pueblos. Se organizan actividades en Navaconcejo, en Piornal, en Cabezuela y en otras localidades, y las mujeres se desplazan de un lugar a otro para participar. A mí también me han invitado en distintas ocasiones a encuentros y actividades. Hay un movimiento cultural y social muy importante.
—Y, sin embargo, parece que los hombres participan bastante menos en muchas de esas iniciativas.
—Sí, eso es algo que me llama mucho la atención. A veces vas a una actividad y hay muchísimas mujeres y solamente uno o dos hombres. Creo que las mujeres están siendo muy activas en los pueblos. Los hombres quizá tienen otras formas de relacionarse o de socializar, pero sería interesante investigar por qué participan menos en determinadas actividades culturales. A lo mejor consideran que son cosas de mujeres y que ellos no tienen nada que hacer allí. No lo sé, pero es algo que sucede y que también vemos en otros ámbitos, no solamente en el mundo rural.
—¿Dirías que las mujeres se han convertido en uno de los principales motores de la actividad cultural y asociativa de nuestros pueblos?
—Yo creo que sí. Por lo menos es lo que observo en mi entorno. Hay muchísima actividad organizada por mujeres y una conexión muy importante entre los pueblos. Además, en el Valle del Jerte siempre ha existido una relación estrecha entre las localidades, a través de las fiestas y de las actividades compartidas. Recuerdo que cuando éramos adolescentes íbamos a las fiestas de Jerte, después a las de Cabezuela y así sucesivamente. Esa conexión se mantiene y las mujeres están teniendo un protagonismo muy importante en ella.
Una escritora entre la memoria y el presente
—Después de tantos años escribiendo, enseñando y manteniendo esa relación con Navaconcejo, ¿qué queda de aquella niña que subía a la montaña con una bolsa de libros?
—Yo creo que queda mucho. Sigo siendo una persona a la que le encanta leer, sigo disfrutando de la literatura y mantengo una relación muy estrecha con mi pueblo y con la tierra. Mi vida ha cambiado muchísimo, pero nunca he sentido que tuviera que renunciar a una cosa para hacer otra. He podido desarrollar mi trabajo, escribir y seguir vinculada a Navaconcejo. Y creo que todo eso forma parte de lo que soy.
Willy López /Félix Méndez













