Written by: Cara a Cara

Anna Starobinets «Rusia, la literatura del exilio y todo aquello que Tienes que mirar»

La escritora rusa visita Badajoz de la mano del escritor extremeño Miguel Ángel Carmona y del Club de Lectura Viva para hablar de literatura, maternidad, censura, guerra y exilio. Instalada en España tras abandonar Rusia, Starobinets reconoce que quizá nunca vuelva a sentirse completamente en casa, aunque aquí ha encontrado un lugar donde poder estar bien.

Nos adentramos en una nueva charla literaria de la mano de otro escritor, el extremeño Miguel Ángel Carmona, coordinador del Club de Lectura de Badajoz y empeñado en acercar hasta aquí autoras, autores y obras que ensanchan considerablemente nuestro particular mapa literario. Esta vez nos trae a Anna Starobinets, escritora y periodista rusa que abandonó su país tras el comienzo de la guerra de Ucrania y que, después de pasar por Georgia, se estableció hace poco más de un año en España.

La entrevista orbita principalmente en inglés, una especie de satélite lingüístico que nos ayuda a salvar nuestro paupérrimo control del idioma, pese a la capacidad de Anna para mantener ya una conversación básica en español. Carmona traduce, matiza y recupera algunas palabras que se pierden por el camino mientras alrededor de la mesa se va construyendo una particular Babel en la que, finalmente, la literatura termina expandiendo su propia jerga universal: la de narrar, la de contar cosas, la de intentar plasmar la delicadeza o la dureza de asuntos que, sin demasiados ambages occidentales u orientales, nos atañen a todos por igual.

Estamos en la Escuela de Narrativa Mirada y Voz, entre cafés, libros, alguna carcajada y pasaportes imaginarios que nos permiten movernos durante un rato por una suerte de territorio literario Schengen. Rusia, Georgia, Alemania, España o Badajoz dejan entonces de estar tan lejos. Las fronteras continúan existiendo, Starobinets sabe bastante de ellas, pero durante la conversación podemos cruzarlas sin enseñar documentación. El día anterior ha participado en el encuentro del Club de Lectura Viva de Badajoz y todavía conserva la sorpresa. No está acostumbrada a encontrarse ante más de un centenar de personas que conocen el libro y llegan a la conversación después de haberlo leído. Ha participado en clubes de lectura en Barcelona, Madrid y otros lugares, pero lo vivido en Badajoz le resulta excepcional por sus dimensiones y, especialmente, porque sucede lejos de una gran capital.

Desde su experiencia rusa, reconoce, resultaría difícil imaginar algo parecido fuera de Moscú o San Petersburgo. En el centro de aquel encuentro, y también del nuestro, aparece inevitablemente Tienes que mirar. Un libro nacido de una experiencia personal devastadora y de la necesidad de contarla. Durante su embarazo, una ecografía revela una grave malformación en el feto y Starobinets inicia un recorrido médico, emocional y burocrático que termina enfrentándola no solo a la pérdida de un hijo, sino a un sistema sanitario que aconseja, presiona, establece protocolos y reduce el espacio desde el que una mujer puede tomar sus propias decisiones. Pero Tienes que mirar desborda el relato del duelo gestacional y perinatal. Habla del cuerpo, del miedo, de maternidad, de instituciones y de la distancia brutal que algunas veces se abre entre un protocolo y la persona que lo recibe. Habla también de una mujer que decide escribir sobre aquello que socialmente resultaba bastante más cómodo mantener fuera de plano.

Y ahí aparece una de las ideas que atravesará nuestra conversación: el individuo frente al sistema y, especialmente, una mujer intentando conservar el control sobre las decisiones que afectan a su propio cuerpo. Quizá por eso, cuando le preguntamos si sus libros pueden ayudarnos a comprender Rusia, Starobinets no necesita construir una respuesta demasiado complicada: «Si quieres entender algo de Rusia, tienes que leer Tienes que mirar. Ahí está Rusia».

Después llegarán otras fronteras. La guerra que ella y buena parte de su entorno intelectual pensaban que nunca comenzaría. La primera manifestación a la que decidió no acudir porque sintió miedo. La salida de Rusia aprovechando un viaje que tenía programado a Sri Lanka. Georgia. Los grafitis que le recordaban diariamente que ser rusa allí significaba muchas otras cosas. La dificultad de echar raíces. Y finalmente España, pese a que Alemania, Francia o Reino Unido podían ofrecerle caminos administrativos aparentemente más sencillos.

Hablaremos también de libros que continúan circulando en Rusia mientras su nombre ha desaparecido de los créditos de producciones cinematográficas; de editoriales extranjeras que, después del comienzo de la guerra, dejaron de trabajar con autores rusos independientemente de su posición frente al Kremlin; y de Impedimenta, la editorial española que decidió continuar publicándola. Y hablaremos de algo todavía más complicado de medir: qué sucede cuando uno abandona un país y descubre que el concepto de casa también puede quedarse atrás.

Starobinets vive ahora cerca de Barcelona con su hijo de once años. Cuando le preguntamos si empieza a sentirse en casa en España, la respuesta tarda algo más en llegar. No cree que vuelva a sentirse completamente en casa en ningún sitio. Pero España, dice, puede convertirse en un lugar donde sentirse bien. Por ahí irán lo tiros de nuestra conversación. De mirar cuando aquello que tenemos delante resulta incómodo. Cuando duele. Cuando obliga a revisar lo que creíamos saber sobre Rusia, sobre Europa, sobre la maternidad, sobre la libertad o sobre nosotros mismos. Porque hay páginas de Tienes que mirar que apenas permiten refugiarse detrás de la distancia que proporciona un libro:

«Imagino a mi hijo incapaz de respirar. Lo veo ponerse morado y morir. Mientras lo visto a mi gusto y le canto una nana. Duerme La Habana, duerme Atenas, duermen las flores de otoño… duermen los delfines en el Mar Negro y las ballenas en el Mar Blanco…»

Levantamos la vista. Anna está delante. Miguel Ángel Carmona sigue haciendo de puente entre idiomas. El café continúa sobre la mesa y fuera de estas paredes permanece ese mundo dividido por países, guerras, visados, alfabetos y fronteras. Aquí dentro, durante un rato, tenemos algo bastante más sencillo. Una escritora, un libro y lectores dispuestos a mirar.

«Nunca había visto un club de lectura así»

—Ayer participaste en el Club de Lectura de Badajoz. Has estado en encuentros con lectores en Barcelona, Madrid y otros lugares. ¿Qué te encontraste aquí?

—Fue la primera vez que participé en un encuentro en el que prácticamente todo el público había leído el libro. Normalmente, cuando acudo a un evento, hay algunas personas que conocen mi obra, otras que han leído algún libro, pero nunca había vivido una situación en la que todo el mundo supiera realmente de qué estábamos hablando. Para mí fue un enorme placer. Además, me sorprendió muchísimo el tamaño del Club de Lectura. He participado en otros, también en Barcelona o Madrid, pero suelen ser grupos pequeños, quizá de diez o quince personas. Nunca había visto algo así, con tanta gente reunida alrededor de un libro. Para mí fue una especie de shock, pero un shock muy bueno.

—Había más de un centenar de personas. ¿Te sorprende todavía más que algo así suceda en una ciudad alejada de una gran capital?

—Muchísimo. Desde el punto de vista de alguien que ha pasado gran parte de su vida en Rusia, algo así sería prácticamente inimaginable fuera de Moscú, San Petersburgo o alguna otra gran ciudad. En muchas regiones rusas la vida cultural es mucho más limitada y las personas están preocupadas por otras necesidades, algunas incluso relacionadas simplemente con sobrevivir. Por eso me resulta sorprendente encontrar un club de lectura de estas dimensiones y con este amor por los libros en un lugar alejado de una gran capital.

«Lo que tenemos en común es el enfrentamiento del individuo con el sistema»

—En el encuentro hubo lectores que compartieron incluso experiencias personales relacionadas con Tienes que mirar. ¿Qué te llevaste de aquella conversación?

—Hubo personas que hablaron de sus propias experiencias y me pareció muy interesante comprobar las relaciones y diferencias entre lo que sucede en Rusia y lo que sucede aquí. Llegamos a una especie de conclusión: aunque los sistemas son diferentes, existe algo en común, y es esa confrontación entre el individuo y el sistema.

—Una de las cosas que más sorprende al leer el libro es precisamente cómo el sistema interviene en una decisión profundamente personal.

—Sí. En Rusia, ante determinadas circunstancias médicas, el sistema puede empujarte a interrumpir el embarazo incluso cuando tú no quieres hacerlo. En España y en otros países del ámbito latino puede producirse una presión diferente, orientada a continuar con el embarazo aunque la mujer quiera interrumpirlo. Son situaciones diferentes, pero para mí existe algo común: la pérdida de control de la mujer sobre su propio cuerpo. En ambos casos aparece una estructura superior que te dice qué debes hacer.

—Y esa diferencia cultural sorprendió también a algunos lectores.

—Sí, porque normalmente pensamos que en otros lugares las cosas se hacen más o menos como las hacemos nosotros. De repente descubres que existe un sistema completamente diferente y piensas: ¿cómo es posible?

«Si quieres entender algo de Rusia, tienes que leer Tienes que mirar»

—Tu literatura permite conocer una parte de Rusia que difícilmente aparece en las noticias. ¿Crees que leyendo tus libros podemos entender mejor tu país?

—Siempre he dicho que, si quieres entender algo de Rusia, tienes que leer Tienes que mirar. Ahí está Rusia.

—No necesariamente la Rusia de Putin o de la política, sino la que aparece en la vida cotidiana.

—Sí. Creo que puedes conocer muchas cosas a través del libro.

—En España has tenido además editoriales que han permitido que esa literatura llegue hasta nosotros. Antes de Impedimenta hubo otras.

—Sí. Impedimenta no fue la primera editorial que publicó mis libros en España. Antes estuvo Nevsky Prospects, que publicó La glándula de Ícaro y también otros títulos. Yo ya tenía algunos lectores aquí antes de comenzar a trabajar con Impedimenta. Mis libros se habían traducido a unos veinticinco idiomas antes de la guerra. España y Francia fueron dos de los países donde mejor recepción tuvieron y donde se publicaron más títulos míos.

«Después de empezar la guerra, muchos editores dejaron de trabajar conmigo»

—¿Qué cambió con el comienzo de la guerra de Ucrania?

—Muchísimas cosas. Cuando empezó la guerra, recibí cartas muy educadas de editores de distintos países. No daban demasiadas explicaciones, simplemente decían que, por diferentes razones, tenían que dejar de trabajar conmigo. Mi agente literario me explicó que se debía a que yo escribía en ruso. A nadie parecía importarle demasiado cuál era mi posición sobre la guerra o sobre el régimen ruso, aunque mi posición era pública y estaba muy clara. Para algunos editores existía un riesgo simplemente porque en la cubierta aparecería que el libro estaba traducido del ruso.Tenían miedo a posibles boicots o a problemas de reputación.

—Es decir, ser una autora rusa se convirtió por sí mismo en un problema, independientemente de tu posición política.

—Sí. Mi agente es alemán, habla ruso perfectamente y durante muchos años ha trabajado principalmente con autores rusos. Recuerdo que acudió a la Feria del Libro de Frankfurt con un dossier en el que incluso explicaba la posición de cada uno de nosotros ante la guerra, quién había abandonado Rusia, quién estaba en contra…En Frankfurt las reuniones profesionales funcionan mediante citas. Y él me contó que estaba allí sentado, con toda aquella documentación, prácticamente solo. Nadie quería reunirse con él.

—¿Qué ocurrió con Impedimenta?

—Fue la única editorial que permaneció conmigo. Ahora algunos editores están regresando poco a poco. Los franceses, por ejemplo, están empezando a volver. Pero durante un tiempo Impedimenta fue la única que continuó.

«No creíamos que la guerra fuese realmente a empezar»

—Es inevitable llegar hasta la guerra porque forma parte de tu salida de Rusia. ¿Dónde estabas cuando comenzó?

—En Moscú. Y no creía que la guerra fuese a empezar hasta que empezó.

—¿Ni siquiera dentro de tu entorno? Periodistas, escritores, directores de cine…

—No. Mis amigos y compañeros tampoco lo esperaban. Veíamos las noticias, la propaganda, todo aquello que estaba ocurriendo, pero pensábamos que era imposible. Que una guerra así no podía suceder. Muchos de mis amigos y colegas llevábamos bastante tiempo formando parte de una oposición al sistema. Íbamos a manifestaciones, escribíamos artículos e intentábamos comunicarnos con esa parte de la población rusa que apoyaba al gobierno. Fracasamos. Cuando comenzó la guerra todo empeoró de manera inmediata, de un día para otro.

—¿Habías participado anteriormente en manifestaciones contra el gobierno?

—Sí. Antes tampoco era completamente seguro. Podían golpearte, podían detenerte, podías pasar algún tiempo arrestada… pero después del comienzo de la guerra comprendimos que la situación había cambiado completamente. El mismo día hubo una manifestación contra la guerra en el centro de Moscú. Fue la primera manifestación a la que decidí no ir. Sentí miedo.

—¿Por tus hijos?

—Sí. Soy madre y estaba sola con ellos. Entendí que las consecuencias podían ser muy diferentes a las de antes. Una amiga mía, directora de teatro, participó en aquellas protestas. Terminó en prisión y sigue allí.

«Tenía un billete a Sri Lanka y nunca regresé a Rusia»

—¿Cuándo decides marcharte definitivamente?

—Empezaron a circular rumores de que podían cerrar las fronteras y mucha gente comenzó a salir de Rusia. No todo el mundo podía hacerlo. Yo tenía un viaje preparado desde hacía aproximadamente un año. Tenía un billete para Sri Lanka porque también escribo historias infantiles sobre animales y quería documentarme allí para un libro. Utilicé aquel billete. Y nunca regresé a Rusia.

—¿Desde Sri Lanka te marchas con tus hijos a Georgia?

—Sí. Decidimos ir a Georgia y pasé allí aproximadamente dos años y medio. Era un país relativamente sencillo para permanecer porque no necesitabas un permiso de residencia. Podías estar un año como turista, salir durante un tiempo y volver a entrar.

«En Georgia las paredes me hablaban»

—Sin embargo, decides no quedarte allí. ¿Por qué?

—Por varias razones. Georgia formó parte de la Unión Soviética y es un país profundamente traumatizado por su relación con Rusia. Parte de su territorio continúa bajo control ruso. La sociedad georgiana no recibe necesariamente bien a los rusos. La gente es amable y existe una enorme tradición de hospitalidad, así que nadie hacía nada contra mí personalmente. Pero cuando bajaba a pasear al perro, por ejemplo, las paredes me hablaban. Había grafitis en los fachadas de los edificios que nos invitaban a irnos… Las personas podían ser amables conmigo, pero las paredes estaban constantemente recordándome quién era y de dónde venía.

—Y además tu situación era peculiar: rusa, pero al mismo tiempo opositora al gobierno de Putin.

—Exactamente. Parte de la población no quiere que estés allí porque eres rusa y, al mismo tiempo, un gobierno cercano a Putin tampoco tiene motivos para querer allí a una persona que se opone al sistema ruso.

—¿Había también una dificultad para integrarte?

—Georgia es un país precioso y lo quiero muchísimo. Puedes vivir muy bien allí si te comportas como turista, pero para mí era muy difícil imaginarlo como el país donde echar raíces. Es una sociedad muy tradicional, muy patriarcal y bastante cerrada para alguien que quiere integrarse. Y además está el idioma. El georgiano es precioso, pero para mí era prácticamente imposible. Estudié latín en la universidad y eso, por ejemplo, ahora me ayuda a comprender cosas del español. También estudié japonés durante cuatro años. Pero el georgiano no se parece a nada que yo conociera. Llegué a la conclusión de que nunca sería capaz de hablarlo realmente.

«Elegí España aunque era el camino más complicado»

—Y empiezas a buscar otro lugar.

—Sí. Durante mi estancia en Georgia pensé mucho dónde podía establecerme. Tenía una lista bastante corta: Alemania, Francia, Reino Unido y España. En realidad, Alemania, Francia o Reino Unido habrían sido opciones administrativamente más sencillas para mí porque cuentan con programas de visados para personas con determinada trayectoria profesional o talento. Por mis libros, premios y carrera podía haber tenido un camino relativamente fácil. España no ofrecía esa posibilidad.

—Y elegiste precisamente España.

—Sí, porque era el país donde realmente quería vivir. Podía entender que marcharme a Alemania, Francia o Reino Unido quizá fuese una decisión más práctica o inteligente, pero no sentía que quisiera vivir allí. Quería vivir en España. Así que elegí el camino más complicado.

«Pensaba que después de un año tendría que volver a Georgia»

—Llevas aproximadamente un año instalada cerca de Barcelona. ¿Cómo ha sido?

—Cuando llegué tenía bastante miedo. Pensaba que quizá después de un año tendría que regresar a Georgia porque todo era muy complicado: la burocracia, el dinero, organizar una nueva vida…Pensaba que podía ser simplemente un experimento y que al final no lo conseguiría. Pero ha pasado un año y sigo aquí.

—¿Continúa existiendo esa incertidumbre?

—Sí, porque mi manera de ganarme la vida es muy impredecible. Depende de cuántos libros se vendan, de los contratos, de los nuevos libros, de si alguien quiere comprar los derechos de algún guion… Depende de muchas cosas que no puedo controlar. Pero, hasta ahora, funciona.

«No creo que vuelva a sentirme realmente en casa»

—Después de Moscú, Georgia y ahora España, ¿empiezas a sentir este país como tu casa?

—Creo que ya no voy a sentirme realmente en casa en ningún lugar durante mi vida. No creo que eso vuelva a suceder. Pero pienso que mi hijo sí tiene una buena oportunidad de llegar a sentirse en casa aquí. Y yo… quizá no pueda llamarlo hogar, pero si existe un lugar donde puedo sentirme bien, aunque no sea mi casa, creo que sería España.

«Mis libros pueden seguir vendiéndose en Rusia, pero mi nombre ha desaparecido del cine»

—Hay una paradoja difícil de entender desde fuera. Tu posición contra la guerra es conocida, vives fuera del país y, sin embargo, tus libros todavía pueden venderse en Rusia.

—Sí. En Rusia existe ahora la figura del “agente extranjero”. Es una etiqueta que el gobierno coloca sobre determinadas personas. Convertirte en “agente extranjero” supone perder muchos derechos. Si eres escritor afecta a tu posibilidad de publicar; no puedes enseñar a niños, existen restricciones relacionadas con tus propiedades y muchas otras consecuencias. Por alguna razón yo todavía no estoy en esa lista. Y me resulta extraño porque muchos amigos míos sí están y yo he utilizado públicamente muchas de las palabras que están prohibidas.

—¿Palabras prohibidas literalmente?

—Sí. Hay cosas que no puedes mencionar. Por ejemplo, cuestiones relacionadas con las personas LGBT. Y tampoco puedes llamar “guerra” a la guerra. Tienes que utilizar la expresión “operación militar especial”.

—Entonces, mientras no figures en esa lista, tus libros pueden continuar publicándose.

—Sí, si el editor es suficientemente valiente para publicarlos y si el librero es suficientemente valiente para venderlos. Todavía existen dos editoriales que publican mis libros. No hay demasiadas librerías que los tengan físicamente, pero la gente puede comprarlos por Internet.

—Sin embargo, en el cine la situación es diferente.

—Sí. Estoy incluida en otras listas que hacen imposible que las productoras cinematográficas trabajen conmigo. Mi nombre está prohibido en los créditos. Hay películas realizadas a partir de mis libros en las que mi nombre simplemente ha desaparecido. Lo han eliminado de los títulos de crédito.

«El libro llegó al sistema sanitario y parecía que algunas cosas podían cambiar»

—Miguel Ángel, ¿por qué era importante traer precisamente a Anna Starobinets al Club de Lectura de Badajoz?

Miguel Ángel Carmona:Tienes que mirar fue un libro muy importante para mí en 2021. Formó parte de un proceso de investigación y documentación para una novela que finalmente no llegué a terminar ni a publicar, pero que sí terminó dando lugar a Brocal. Para mí, acceder a un testimonio como el de Anna era fundamental porque no se trataba solamente de buscar datos, sino de entender las emociones, el duelo gestacional y perinatal y la manera en que se produce el acompañamiento. Es un libro con un componente muy periodístico y fue enormemente esclarecedor.

Anna Starobinets: —En la edición rusa había además una segunda parte que creo que no se publicó en español. Después de contar mi historia, incluí una serie de entrevistas realizadas dos años más tarde a médicos y otros profesionales sanitarios.

—¿Rusos y alemanes?

—Sí. Aunque la parte rusa fue bastante más corta porque muchos profesionales se negaron a hablar conmigo.

—¿Llegó el libro a tener alguna repercusión dentro del propio sistema sanitario ruso?

—Sí, llegó muy lejos. Llegó a hospitales y a muchos profesionales. Durante un tiempo tuve la sensación de que algunas cosas podían empezar a cambiar. Y algunas comenzaron a cambiar. Después llegó la guerra y todo quedó destruido.

«García Márquez, Borges y Cortázar son algunos de los primeros nombres que me vienen a la cabeza»

—Ahora que vives aquí, ¿has podido acercarte a la literatura española?

—Todavía no puedo leer en español, así que dependo de las traducciones al ruso o a otras lenguas que conozco. Siempre he sido una gran admiradora del realismo mágico y de la literatura latinoamericana. García Márquez, Borges, Cortázar… son algunos de los primeros nombres que me vienen a la cabeza cuando hablamos de literatura en español. Sobre los autores españoles contemporáneos todavía no conozco demasiado. En festivales y ferias encuentro escritores interesantes, pero muchos de sus libros no están traducidos a idiomas que pueda leer.

El idioma común

La grabadora se apaga y nuestra pequeña Babel se desmonta casi con la misma naturalidad con la que se había formado. Durante algo más de una hora hemos necesitado inglés, español, traducciones improvisadas, gestos y la intervención de Miguel Ángel Carmona para rescatar alguna palabra que se quedaba suspendida entre Moscú y Badajoz. El idioma era lo menos importante. Anna Starobinets ha hablado de un hijo al que tuvo que despedir, de una Rusia que creyó que nunca entraría en guerra, de la manifestación a la que no acudió porque por primera vez tuvo miedo, de una amiga que terminó en prisión, de un billete a Sri Lanka que acabó convirtiéndose inesperadamente en una puerta de salida, de Georgia y sus paredes, de sus hijos en una especie de trashumancia perpetua. También de España. No como sustituto sentimental de Rusia ni como final feliz de un exilio que continúa formando parte de su vida. España aparece en sus palabras de una manera mucho más sencilla: como el lugar que eligió incluso cuando otros países le ofrecían un camino más fácil; un territorio donde quizá nunca llegue a sentirse completamente en casa, pero donde ha descubierto que puede estar bien.

Sobre la mesa quedan los cafés, algún libro y muchas letras. Estamos en la Escuela de Narrativa Mirada y Voz, nuestro particular territorio literario Schengen, donde durante un rato los pasaportes han servido de poco y las fronteras han quedado reducidas a los idiomas que intentábamos atravesar. Miguel Ángel Carmona nos ha traído hasta aquí a una escritora rusa. La literatura ha hecho el resto. Y quizá por eso el título de aquel libro termina escapándose de su cubierta para convertirse, después de escucharla, en algo parecido a una advertencia.

Willy López / Félix Méndez

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