Written by: Cara a Cara

Fernando Bonete «Somos un país que gasta más en apuestas que en libros»

Más apuestas que libros: una comparación incómoda

Antes de meternos en faena con nuestro entrevistado, y sin hacer spoiler, hacemos scroll con datos a modo de trailer de la entrevista. Todo con jerga anglófona para intentar alejarnos de la semántica castellana de algo que ocurre, como una invasión silenciosa, en España.

Hay una frase de Fernando Bonete durante la conversación que sirve para poner en perspectiva nuestra relación con la lectura: «Somos un país que gasta más en apuestas que en libros». Y la comparación, más allá de su contundencia, dibuja una diferencia considerable entre ambos hábitos de consumo. Según los últimos datos de la Dirección General de Ordenación del Juego del Gobierno de España, el gasto relacionado con el juego y las apuestas ronda los 12.000 millones de euros anuales, sumando la actividad presencial y el creciente peso del juego en línea. El gasto real de hogares y usuarios se sitúa cerca del 0,78 % del PIB español. Frente a estas cifras, el desembolso destinado a los libros resulta mucho más modesto. Los datos del Plan Estadístico del Ministerio de Cultura sitúan el gasto medio en torno a los 32,60 euros anuales por habitante, aproximadamente 80 euros por hogar. En conjunto, las familias españolas destinan a la compra de libros más de 1.580 millones de euros al año, mientras que la facturación global del sector editorial se mueve alrededor de los 3.138 millones. Las magnitudes no son directamente equiparables, gasto de los usuarios, gasto de los hogares y facturación editorial responden a indicadores estadísticos diferentes, pero permiten entender la reflexión de Bonete. En un país en el que las pantallas compiten cada día por nuestro tiempo y nuestra atención, el reto de la lectura no consiste únicamente en vender más libros, sino en conseguir que vuelvan a ocupar un espacio cotidiano. Y ahí Bonete regresa a una idea mucho más sencilla que cualquier estadística: si queremos que los más jóvenes lean, quizá lo primero sea que nos vean a los adultos con un libro entre las manos.

Periodista, profesor, investigador, músico, divulgador literario y ahora también novelista, Fernando Bonete se ha convertido, bajo el nombre de @en_bookle, en una de las voces más reconocibles de la literatura en redes sociales. Lee más de un centenar de libros al año y los recomienda sin levantar fronteras entre la literatura popular y la considerada más exigente. Con La hija del Fénix, su primera novela, cambia de lado: quien lleva años recomendando las historias de otros se enfrenta ahora al juicio de sus propios lectores. Hay algo aparentemente contradictorio en hablar de libros en Instagram. La literatura exige tiempo, silencio y cierta lentitud; las redes sociales reclaman velocidad, impacto y apenas unos segundos de atención. Fernando Bonete ha conseguido encontrar un espacio entre ambos mundos. Detrás de @en_bookle hay un periodista y humanista, pero también un músico formado en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde se licenció en la especialidad de Violín. Profesor e investigador universitario, Bonete ha desarrollado igualmente una intensa actividad académica vinculada a la comunicación, los medios y la cultura. Como escritor ha publicado Cultura de la cancelación. No hables, no preguntes, no pienses; La guerra imaginaria. Desmontando el mito de la inteligencia artificial con Asimov; Malas lenguas. 100 anécdotas de escritores de casi todos los tiempos y Un libro para cada año de tu vida. Ahora da un paso diferente con La hija del Fénix, su primera novela, publicada por Espasa. La literatura sigue siendo el centro, pero esta vez Bonete no recomienda el libro: lo ha escrito él.

«En redes sociales estamos compartiendo lecturas entre iguales»

—Has conseguido algo que no parece sencillo: hablar de literatura en redes sociales sin hacerla pesada, pero también sin banalizarla. Recomiendas tanto libros accesibles como obras más complejas. ¿Dónde está el equilibrio?

—Creo que el equilibrio pasa por saber y reconocer dónde estás y qué haces cuando hablas de libros. Cuando estás en redes sociales hablando de literatura o de cultura no estás, por ejemplo, en una clase universitaria, donde tienes que desentrañar, profundizar, analizar y reflexionar acerca de todos los detalles porque tienes una o dos horas por delante. Tampoco se trata de hacer lo mismo que puede hacer un crítico cultural en un medio más tradicional, reflexionando y analizando profundamente el fondo y lo que aporta una novela. En redes sociales se trata de conectar con la experiencia que te ha proporcionado esa novela o ese libro y con la experiencia de quienes te siguen, que son lectores como tú. No son ni más ni menos que tú: son iguales, gente a la que, como a ti, le encanta leer y que está ahí para compartir lecturas e impresiones.

Poner la atención en las emociones y en la experiencia que te ha producido una lectura es lo que diferencia el trabajo de divulgación en redes sociales de lo que puede hacerse en medios más tradicionales o en la academia, la investigación y la docencia. Sabiendo esto creo que es más fácil encontrar el equilibrio entre la profundidad, el lenguaje más sesudo y complejo, y lo que haces en redes sociales, sin caer tampoco en la broma o en convertirlo en algo que no es.

«Nunca utilizaría a mis hijos para conseguir alcance o seguidores»

—Las redes sociales también desgastan y obligan a exponer una parte de la vida privada. ¿Dónde colocas tú el límite?

—En cuanto a la relación entre las redes sociales y la familia lo tengo muy claro: no sacar a los niños nunca en redes sociales. Y tampoco aprovechar a los niños, ni nada que tenga que ver con mis hijos, para hacer números, crecer en alcance, engagement o seguidores. Lo considero un uso instrumental de las personas y, en este caso, de mi familia. He trazado una línea muy dura, pero muy clara, entre aquello que pertenece a las redes sociales y aquello que pertenece a mi intimidad.

Del ensayo a inventar una historia

—Has recomendado miles de páginas escritas por otros, has escrito ensayo y has investigado la literatura desde un punto de vista académico. ¿En qué momento decides: ahora quiero escribir ficción?

—El ensayo era el modo más accesible y más fácil para mí de empezar con la escritura porque tiene mucho que ver con un trabajo universitario que es la investigación, algo a lo que estamos acostumbrados los profesores universitarios. Existe una evolución bastante clara desde el paper científico o el capítulo de un libro científico hacia el ensayo más divulgativo. Una vez que probé suerte con el ensayo, funcionó y me sentí cómodo, el siguiente paso natural era atreverme con la ficción. Además, el tema que escogí para esa primera ficción se prestaba a ello. Querer tratar sobre ella te empujaba a la hipótesis, a la invención, a la imaginación. Había que dejarla volar para construir su vida y, especialmente, la relación que mantuvo con su padre. No era suficiente con historizar. No bastaba con desentrañar el lado académico o histórico. Había que dar ese paso hacia la ficción.

Marcela, la hija escritora de Lope de Vega

—Y ahí aparece Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega. ¿Qué encontraste en ella para convertirla en protagonista de tu primera novela?

—Marcela es una escritora que no tiene nada que envidiar a otros escritores del Siglo de Oro. Es una gran escritora, pero por su condición de mujer, por su condición de hija ilegítima y por ser hija de quien era, de Lope, que conocía su talento pero no se lo reconoció, terminó quedando en la sombra. Tuvo que encerrarse en un convento para poder liberarse y poder escribir. Lo primero que me sorprendió fue descubrir que Lope de Vega tenía una hija escritora. Entre once y quince hijos, porque las cifras bailan y realmente no sabemos cuántos tuvo debido a las numerosas relaciones que mantuvo, solo una terminó siendo escritora. Que uno de los hijos del gran dramaturgo de la literatura universal fuera también escritor ya me hizo ponerme tras la pista de esta persona. Quería saber cómo escribía, qué hizo y qué relación tuvo con la literatura. Después descubrí la complicada relación con su padre. Durante muchos años Lope la mantuvo apartada de su vida y la rechazó. Y cuando finalmente entró en el hogar paterno tampoco reconoció verdaderamente su talento. Y hay un tercer elemento que me interesa especialmente: cómo, con las herramientas que tenían ella y otras mujeres de aquella época, consiguió encontrar finalmente un lugar desde el que cumplir aquello que anhelaba: escribir. Esos tres acontecimientos son los que me maravillaron de Marcela y los que me animaron a investigar su vida.

Calderón, Cervantes y las mujeres del Siglo de Oro

—Y alrededor de ella aparecen además algunos de los grandes nombres de nuestra literatura.

—Sí. Hay cosas divertidísimas que solamente podían ocurrir en el Siglo de Oro, como que Marcela se enfrentara con Calderón de la Barca dentro del convento. También planteo la posibilidad de que hubiera podido encontrarse con la hija ilegítima de Cervantes y que ambas mantuvieran un diálogo sobre sus padres. Son curiosidades y posibilidades que el lector puede descubrir en la novela.

«Lope fue un extraordinario dramaturgo, pero una persona terrible con sus allegados»

—Tú, que además has escrito sobre la cultura de la cancelación: si Lope de Vega viviera hoy, ¿estaría tranquilamente firmando libros en una feria o terminaríamos cancelándolo?

—Creo que estaría en una feria del libro. Cuando hablamos de cancelación dentro de una democracia liberal no estamos hablando de una cancelación dura como la que se produce en un totalitarismo, como las que hemos vivido durante los grandes terrores del siglo XX. Ahí ni siquiera habría una feria del libro en la que pudiéramos rechazar a un autor. Lope sí estaría en una feria. Otra cosa es que junto a él probablemente hubiera grupos de personas o manifestantes intentando cancelar su presentación o tratando de impedir que se produjera con normalidad. Y hay que reconocerlo: junto al hecho de que fue uno de los grandes dramaturgos de la literatura universal, fue una persona que no trató bien a su familia. No trató nada bien ni a sus esposas ni a sus amantes. Fue una persona terrible con sus allegados porque supeditaba muchas cosas a su propio logro, a su medro personal y a su afán por prosperar en la Corte.

¿España lee poco?

—Hablemos de lectores. Tú manejas libros constantemente y tienes una comunidad enorme alrededor de la lectura. ¿Se lee realmente poco en España?

—El resultado final es bastante pobre. La mayor parte de los informes muestran que aproximadamente entre un 50 y un 60 % de la población española lee cinco libros o menos al año. Es muy poquito. Somos un país en el que una familia gasta al año más dinero en apuestas que en libros. Y eso, además de duro, es muy triste. También tenemos cifras de préstamo bibliotecario muy bajas, alrededor de 1,3 libros anuales por habitante. Por tanto, si hacemos una lectura absoluta de las cifras, el resultado es pobre. Pero al mismo tiempo podemos hacer una lectura relativa más esperanzadora: durante los últimos años han crecido los índices de lectura y cada vez existe un mayor interés por la cultura y por los libros.

Para que un niño lea, que primero vea leer

—Una pregunta que seguramente te harán constantemente: «¿Qué hago para que mi hijo lea?». ¿Qué respondes?

—Lo primero que pregunto es: «¿Pero tú lees?». Lo digo porque lo más habitual en casa es que nuestros hijos nos vean con el móvil en la mano y no con un libro. Y a mí también me ocurre muchas veces. La primera forma de educar es ejemplificar con nuestro propio comportamiento. El hecho de que nuestros hijos nos vieran más veces con un libro en las manos que con un móvil ya sería algo muy bueno. Al final, cuando un niño ve que tú haces mucho una determinada cosa, presupone que la haces porque es buena y, por tanto, quiere replicarla. Si nos vieran más con un libro, entenderían, y estarían en lo cierto, que leer es algo bueno.

Cuando el recomendador se convierte en recomendado

—Durante mucho tiempo has sido tú quien decía a los demás qué libro podía merecer la pena. Ahora recorres ferias y encuentros con lectores que llegan para hablarte de tu propio libro. ¿Qué cambia cuando estás al otro lado?

—Lo más importante es encontrarte personalmente con los lectores. Que te cuenten qué les ha gustado y también aquello que no les ha convencido de la novela. Porque escribir también es un proceso de aprendizaje y se aprende escribiendo. Es muy ilusionante que alguien te diga: «He conectado con este personaje», «me he emocionado en este momento de la novela» o «he estado atrapado por tu historia». El hecho de que un lector conecte con tu historia es fundamental. Para mí es lo que más me emociona de estos viajes y de estos encuentros.

Más de cien libros al año

—Tú estás acostumbrado a leer unas cantidades que para muchos parecen directamente imposibles. ¿Cuántos libros pasan por tus manos cada año?

—Normalmente más de cien. Hubo años de unos 130, otros de alrededor de 140. Este año, si llego a cien, será casi un milagro porque estoy escribiendo mucho. Y cuanto más escribes, casi menos lees, porque el tiempo que dedicas a una cosa se lo estás quitando a otra. Pero normalmente siempre paso del centenar de libros al año.

El escritor que ahora recomienda Bonete

—Con más de cien libros al año resulta complicado elegir. ¿Qué autor has descubierto recientemente y estás recomendando especialmente?

—Thomas Bernhard. Sigue la estela de los escritores de frase larga, como pueden ser Javier Marías o Virginia Woolf, y tiene también esa complejidad y profundidad en la mezcla de ideas. Es un escritor del que estoy leyendo prácticamente toda su obra. Lo descubrí a finales de 2025 y durante 2026 he seguido leyéndolo. Es uno de esos autores que allá donde voy estoy recomendando mucho.

De la pantalla al papel

Fernando Bonete vive en una paradoja particularmente contemporánea: utiliza uno de los territorios asociados a la inmediatez, Instagram, para reivindicar una de las actividades que menos admite las prisas: leer. Quizá por eso su discurso rehúye la división entre lectores cultos y lectores populares. Hay libros más sencillos y libros más exigentes; clásicos y novedades; escritores capaces de cambiar nuestra manera de entender la literatura y novelas que simplemente consiguen acompañarnos durante unos días. Todos pueden encontrar su lector. Durante años, @en_bookle ha intentado precisamente provocar esos encuentros. No dictar qué debe leerse, sino hacer que alguien encuentre el libro que estaba buscando sin saber todavía que lo buscaba. Ahora la dirección de ese viaje se ha invertido. Con La hija del Fénix, Bonete ha dejado durante unas páginas el papel de prescriptor, profesor, investigador y lector para ocupar el lugar más vulnerable de todos: el del escritor que entrega una historia y espera. Y quizá ahí termina cerrándose el círculo del que hablaba al principio de la conversación. Porque después de algoritmos, seguidores, crítica, universidad, investigación y miles de libros recomendados, queda algo bastante más sencillo: un escritor, un libro y un lector que conecta con él.

 

Willy López / Félix Méndez

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